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Guayaquil despide al maestro del violín que formó generaciones de músicos

Falleció Rubén Manrique del Pozo, quien fue primer violín en la Orquesta Sinfónica de Guayaquil

El maestro de música Rubén Manrique del Pozo.

El maestro de música Rubén Manrique del Pozo.Archivo/Expreso

Lina Zambrano
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Esta mañana, domingo 1 de junio de 2025, Guayaquil amaneció en un tono menor. A los 86 años, partió Rubén Manrique del Pozo, un violinista de alma generosa y vocación inquebrantable, miembro de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil por 25 años, maestro incansable de generaciones que aún llevan su música en el corazón.

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Su historia comenzó con un sueño sencillo y profundo: un violín comprado con 56 sucres prestados por su tío, símbolo de la fe que otros depositaron en él y que él supo devolver con creces. No fue solo intérprete, fue sembrador de armonía, de disciplina y de sensibilidad.

Durante décadas, su enseñanza floreció en aulas que se convirtieron en escenarios de inspiración: el Francisco Campos Coello, el Augusto Mendoza, el Liceo Naval, el Guayaquil (ahora Instituto Superior Tecnológico Guayaquil), los Sagrados Corazones y la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Allí, entre partituras y miradas jóvenes, formó no solo músicos, sino seres humanos sensibles a la belleza y al valor del esfuerzo.

Ya jubilado, no colgó su alma de músico. Seguía reuniéndose con sus exalumnas para ensayar melodías patrias y villancicos que daban sentido a las celebraciones de la fundación de Guayaquil, la independencia y la Navidad. Porque para él, la música era un acto de amor a la ciudad, a la memoria, al país.

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Hoy, su violín guarda silencio, pero su legado vibra en cada nota que tocan quienes aprendieron a amar la música bajo su guía.

El profesor Rubén Manrique del Pozo tocando con sus ex alumnas por las fiestas de Guayaquil en el 2022.

El profesor Rubén Manrique del Pozo tocando con sus ex alumnas por las fiestas de Guayaquil en el 2022.Archivo/Expreso

Sala de velación

El cuerpo de Rubén Manrique del Pozo se velará desde hoy, domingo 1 de junio de 2025, en la sala de velación Recuerdo 2 de la Junta de Beneficencia de Guayaquil. Manrique nació el 20 de junio de 1938 y falleció el 1 de junio de 2025.

Un patriarca de un clan de músicos

En cada cuerda de su violín, Rubén Manrique llevaba una historia, una memoria y un sueño cumplido a través del arte. Hoy, Guayaquil despide al maestro con la frente alta y el corazón conmovido: se ha apagado su voz, pero su música permanece.

Fue el tercero y último hijo del hogar formado por la quiteña Marieta del Pozo y el guayaquileño Carlos Manrique Izquieta, sobrino nieto del ilustre doctor Leopoldo Izquieta Pérez, pionero de la medicina tropical en el país. Aunque la herencia familiar pesaba con historia y ciencia, Rubén eligió el lenguaje invisible de las notas para dejar su huella.

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A los 17 años tocó por primera vez las puertas del Conservatorio de Música Antonio Neumane. No le fue fácil: la matrícula le fue negada por su edad, pero su perseverancia –esa que sería el hilo conductor de su vida– lo llevó a cruzar el umbral que cambiaría su destino. Allí comenzó a forjarse el músico, el maestro, el alma generosa que sembraría belleza en decenas de escenarios y aulas.

El profesor Rubén Manrique del Pozo con parte de su familia.

El profesor Rubén Manrique del Pozo con parte de su familia.Archivo/Expreso

Pero su más profundo orgullo fue su familia. Su esposa, Carlota, quien lo cuidó siempre con amor y fue su cómplice en la tarea de defender y sembrar para existan nuevos músicos. Sus hijos: Rodolfo, violonchelista; Carlota, psiquiatra y pianista; Rubén y Paola, violinistas. Paola, concertista internacional, recibió en 2009 el título de Coronel de Kentucky, el más alto honor civil que otorga el gobernador de ese estado norteamericano, en reconocimiento a su contribución cultural. Como su padre, Paola se ha dedicado a enseñar música a los niños, llevando el legado del maestro Manrique más allá de fronteras.

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Rubén Manrique no solo enseñó a tocar un instrumento musical. Enseñó a sentir, a escuchar, a creer. Y ese eco no morirá jamás.

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