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Diario Expreso Ecuador

Cine ecuatoriano: Quito cambia de escenarios para contar nuevas historias en la pantalla

Tres producciones recientes cambiaron lo turístico por escenarios cotidianos, nocturnos y rurales que responden a las historias que llevan a la pantalla

Nosotros, mi papá y el perro se rodó en distintos puntos de Quito. Para su director, Pablo Arturo Suárez, la ciudad debía funcionar como un personaje y reflejar la cotidianidad de sus protagonistas.

Nosotros, mi papá y el perro se rodó en distintos puntos de Quito. Para su director, Pablo Arturo Suárez, la ciudad debía funcionar como un personaje y reflejar la cotidianidad de sus protagonistas.Cortesía

Mariella Toranzos
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Quito fuera de la postal

  • Tres películas ecuatorianas recientes han desplazado la cámara del Centro Histórico y el Panecillo hacia casas de barrio, universidades, bares, antiguos cines, zonas industriales y parroquias rurales del Distrito Metropolitano.
  • Nosotros, mi papá y el perro, Buenos Amigos y El niño probeta encuentran en esos escenarios cotidianos el entorno que necesitan sus personajes y las historias que cuentan.

Desde que la industria cinematográfica empezó a desarrollarse en Ecuador, Quito ha sido quizá una de las ciudades más fáciles de reconocer en la pantalla. Bastaban una toma del Panecillo, las fachadas del Centro Histórico o alguna de sus iglesias para situar la historia.

Ocurrió en filmes emblemáticos del cine nacional como A tus espaldas, que convirtió a la Virgen del Panecillo en un eje de su relato, o Ratas, ratones, rateros, que llevó parte de su acción hasta la antigua terminal de Cumandá.

Esa geografía, sin embargo, aparece cada vez menos en los estrenos nacionales recientes rodados en la capital. La cámara se ha desplazado hacia otros rincones de Quito y sus alrededores, menos asociados con la postal turística y más vinculados con la cotidianidad de sus personajes.

El recorrido ahora pasa por una casa de los años setenta en la Granda Centeno, los corredores de la Universidad Central, un antiguo cine para adultos, un edificio en Cumbayá, los bares de la Shyris o las bucólica calles de la parroquia Nono, en el nororiente de la urbe.

Nosotros, mi papá y el perro, de Pablo Arturo Suárez; El niño probeta, de Carolina Hernández; y Buenos Amigos, de Dwight Gregorich, tienen poco en común si se mira únicamente sus argumentos. La primera es una comedia familiar sobre un hombre de 45 años cuya vida empieza a desarmarse; la segunda recurre a la ciencia ficción para hablar del racismo; y la tercera se mueve entre el thriller y la acción después de que un grupo de jóvenes roba una computadora y una cámara que pertenecen a una organización criminal.

Pero las tres comparten algo: son historias profundamente atravesadas por Quito. La ciudad no aparece únicamente como el lugar donde ocurren los hechos. Sus barrios, edificios y espacios cotidianos ayudan a definir a quienes los habitan y, en buena medida, explican por qué estas películas han buscado otros escenarios para contarla.

Una ciudad detenida en el tiempo

La elección de esos espacios empieza, en buena medida, por los personajes. Para Pablo Arturo Suárez, Sebastián, protagonista de Nosotros, mi papá y el perro, no podía habitar un Quito de postal. Es un profesor universitario de clase media que pierde su trabajo y que, mientras intenta recomponer su vida, debe lidiar con un hijo adolescente, un padre jubilado, un matrimonio en crisis y el regreso inesperado de su hermano.

Ese mundo cotidiano comienza en una casa de la Granda Centeno. Suárez buscaba una vivienda de los años setenta u ochenta, una de esas casas familiares por las que han pasado varias generaciones y que todavía sobreviven entre los edificios que han transformado el sector. El espacio debía acompañar también el momento que atraviesa Sebastián: mientras su vida cambia a toda velocidad, él parece haberse quedado unos pasos atrás.

Una casa de los años setenta en la Granda Centeno se convirtió en uno de los escenarios centrales de Nosotros, mi papá y el perro.

Una casa de los años setenta en la Granda Centeno se convirtió en uno de los escenarios centrales de Nosotros, mi papá y el perro.Cortesía

“Quería que la ciudad también se sienta como una ciudad quedada en el tiempo, que no se sienta ni moderna ni vieja, ni colonial ni supermodernizada, sino como esta ciudad que sigue conviviéndose y viviéndose”, señala el director.

La misma lógica llevó el rodaje hasta la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central y, más adelante, a uno de los escenarios más singulares de la película: el Cine América. El antiguo teatro, hoy dedicado al cine para adultos, es frecuentado por Rodrigo, el padre de Sebastián. En la película, además de revelar una faceta del personaje, termina convirtiéndose en un lugar de encuentro y conversación entre padre e hijo.

“Es un lugar que todos sabemos que existe, pero al que el 99 % de las personas nunca hemos entrado o no sabemos cómo es. Me parecía interesante hablar de ese otro mundo y construir una microhistoria alrededor de este espacio”, cuenta Suárez.

Quito, cuando cae la noche

Una búsqueda similar, aunque desde otro género, atraviesa Buenos Amigos. La película de Dwight Gregorich sigue a Isabel, una adolescente que empieza a frecuentar a un grupo de jóvenes que comete pequeños delitos para financiar sus salidas. Una noche roban una computadora y una cámara del vehículo equivocado: los objetos pertenecen a una organización criminal y el juego de estos chicos termina convirtiéndose en una persecución. En paralelo, la historia sigue la tirante relación de Isabel con Tatiana, su madrastra

Buenos Amigos, largometraje ecuatoriano escrito y dirigido por Dwight Gregorich y producido por Karen Montero, llegó a las salas de cine el 1 de octubre.

Buenos Amigos, largometraje ecuatoriano escrito y dirigido por Dwight Gregorich y producido por Karen Montero, llegó a las salas de cine el 1 de octubre.Cortesía

Para construir ese universo, la producción se desplazó entre Quito y Cumbayá y buscó espacios asociados con la vida urbana de sus personajes. La avenida Shyris y sus bares y el Metro de Quito, forman parte de ese recorrido. A ellos se suma una locación industrial que la producción utilizó durante buena parte del rodaje y donde transcurre parte de la acción.

La intención, explica Karen Montero, productora y protagonista del filme, era retratar el ambiente nocturno en el que se mueven estos jóvenes y lugares de encuentro, desplazamiento y ocio que se visibilizan cuando empiezan a cruzar los límites que pone en marcha el thriller.

Más allá del paisaje

En El niño probeta, la cámara se aleja todavía más del núcleo urbano. Carolina Hernández llevó cuatro de las cinco semanas de filmación a Nono, parroquia rural del Distrito Metropolitano de Quito. Allí convirtió sus calles y casas en San Fernando, el pueblo ficticio donde Susana y Miguel recurren a un tratamiento genético para escoger las características de su hijo: piel clara, cabello rubio y ojos claros.

La ciencia ficción sirve como punto de partida para una historia atravesada por prejuicios raciales y sociales. Para contarla, Hernández buscaba una comunidad donde mestizos e indígenas convivieran de cerca y donde la llegada del primer “niño probeta” pudiera alterar las relaciones de un pueblo en el que las familias se conocen, las noticias circulan rápido y la apariencia del recién llegado despierta preguntas entre sus habitantes.

La elección de ese entorno también tenía una raíz personal. Hernández nació en Guayaquil y creció en Huaquillas, pero sus padres son serranos y durante su infancia pasó temporadas en la Sierra. Situar la historia allí le permitía reunir en un mismo espacio las diferencias y prejuicios sobre los que quería indagar. También incorporar otro elemento que consideraba inseparable de la vida cotidiana de muchas comunidades ecuatorianas: la religión. En San Fernando, el cura aprovecha sus sermones dominicales para hablar de aquello que considera normal o anormal ante los ojos de Dios.

El niño probeta, de Carolina Hernández, trasladó cuatro de sus cinco semanas de rodaje a Nono.

El niño probeta, de Carolina Hernández, trasladó cuatro de sus cinco semanas de rodaje a Nono.Cortesía

Nono, además, no funcionó únicamente como escenario. Cerca del 90 % del equipo se instaló en la parroquia durante la filmación y, antes de encender las cámaras, la producción realizó un proceso de socialización con la comunidad e incorporó a varios de sus habitantes al rodaje.

“Más allá de que toco temas que me hacen reflexionar o me motivan a preguntarme cosas y a intentar encontrarles respuestas, siempre hago películas pensando en el público, en que las vea el público”, ha explicado la cineasta.

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