Robos en ecuador
El miedo cambió de rostro: por qué los asaltos callejeros ya preocupan más que los homicidios
El robo a personas se posiciona como uno de los delitos de mayor impacto cotidiano en las principales ciudades del país. Conoce más detalles

El robo a personas tiene un impacto directo porque puede afectar a cualquier ciudadano.
Lo que debes saber
- Robos a personas crecen en Quito, Guayaquil y Cuenca: familias reportan más asaltos en 2026.
- Expertos explican por qué los asaltos persisten en Ecuador pese a los operativos policiales.
- Celulares, mochilas y tarjetas: el robo callejero sigue afectando a miles de ecuatorianos.
Salir antes del amanecer, guardar el teléfono mientras se espera un bus o caminar mirando constantemente hacia atrás se han convertido en hábitos cotidianos para miles de ecuatorianos. La posibilidad de perder una mochila, el celular o el salario del mes durante un asalto condiciona horarios, recorridos y actividades.
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El miedo ya no está relacionado únicamente con los homicidios y la disputa entre organizaciones criminales. También se instala en los trayectos diarios, las paradas de transporte, los sectores comerciales y los barrios residenciales.
El robo a personas tiene un impacto directo porque puede afectar a cualquier ciudadano. A diferencia de las confrontaciones vinculadas con territorios, rutas del narcotráfico o economías ilegales, los asaltos callejeros no requieren que la víctima tenga relación alguna con el mundo criminal.
Guayaquil
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Las estadísticas, sin embargo, muestran una aparente contradicción. En el primer semestre de 2026, la Fiscalía registró 35.783 denuncias por diferentes modalidades de robo. En 2024 fueron 87.457 y en 2025 llegaron a 85.601. Especialistas consultados por EXPRESO atribuyeron la reducción, entre otros factores, a la desconfianza en la justicia, la falta de resultados y el temor a represalias. Por ello, una disminución de denuncias no representa necesariamente una caída equivalente de los delitos.
El Ministerio del Interior presentó otro balance. Según esa cartera de Estado, el robo a personas pasó de 2.449 casos en mayo de 2025 a 1.399 en mayo de 2026, una reducción del 43 %. Hasta el 30 de mayo, la Policía había ejecutado 264.882 intervenciones en el país.
Pero el promedio nacional no siempre refleja lo que ocurre en cada ciudad. En septiembre de 2026, con base en registros de la Fiscalía, reveló un incremento de los asaltos a personas en Quito, Guayaquil y Cuenca.
Un delito cercano a cualquier familia
Wagner Bravo, exjefe del Estado Mayor del Ejército ecuatoriano y exsecretario de Seguridad Pública y del Estado, distingue tres niveles de amenaza: delincuencia común, delincuencia organizada y crimen transnacional.
Mientras este último explica una parte de las muertes violentas relacionadas con disputas por rutas del narcotráfico, centros de acopio o minería ilegal, la delincuencia común mantiene una presencia constante en calles, buses y zonas comerciales.
“Lo que le preocupa a la familia es que sale en la mañana mi hijo, mi esposa o cualquier otra persona y no sabemos si va a regresar o si le van a asaltar”, señala Bravo.
Guayaquil
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Esa incertidumbre convierte al robo en un amplificador de la percepción de inseguridad. Una persona puede considerar que está fuera de una disputa entre bandas, pero no tiene la misma certeza cuando un familiar sale de madrugada, espera transporte público o regresa a casa durante la noche.
En Quito, el distrito Eugenio Espejo concentró 2.004 robos a personas entre enero y noviembre de 2025, equivalentes al 7,94 % de los casos nacionales. Eloy Alfaro y Manuela Sáenz también aparecieron entre los diez distritos con mayor incidencia. Se trata de sectores con alta circulación peatonal, actividad comercial y conexiones de transporte.
Además, el 78 % de los robos a personas ocurre en espacios públicos, según información del Plan Operativo Anual Integral 2026 de la Policía. El dato explica por qué el impacto social supera el valor económico de lo sustraído: cada ataque comunica a quienes transitan por el lugar que una calle, un parque o una parada pueden convertirse en escenarios de violencia.

La detención ocurrió tras un robo en la estación de Metrovía del colegio 28 de Mayo, en la avenida Carlos Julio Arosemena, norte de Guayaquil.
Tres relatos recreados desde Guayaquil
El impacto del robo se comprende mejor cuando se traslada a la rutina de quienes deben movilizarse por Guayaquil. En la ciudad, el temor a los asaltos modifica la relación de los habitantes con el transporte, los espacios públicos y sus propios barrios.
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María Fernanda (nombre protegido), empleada administrativa de 34 años, cuenta que fue asaltada mientras esperaba un bus en el sur de Guayaquil, cerca de las 05:45.
“Estaba con otras personas en la parada cuando llegaron dos hombres en una motocicleta. Uno se bajó, sacó un arma y nos pidió los celulares. Todo pasó en menos de 30 segundos. Lo que más me afectó no fue perder el teléfono, sino el miedo. Durante semanas sentí ansiedad cada vez que tenía que salir temprano”.
Después del ataque, cambió sus hábitos: evita sacar el teléfono, comparte su ubicación con familiares y trata de no esperar sola el transporte.
Carlos Mendoza, comerciante de 42 años, relata que fue interceptado después de salir de una entidad bancaria en el norte de la ciudad. “Dos hombres me siguieron varias cuadras. Uno me sujetó por detrás y el otro se llevó una mochila donde tenía dinero para comprar mercadería. Cuando intenté reaccionar ya habían escapado. En segundos perdí el esfuerzo de varias semanas”.
Desde entonces, asegura que permanece pendiente de las motocicletas y de las personas que caminan detrás de él. El perjuicio no fue solamente económico: el asalto alteró su percepción de los espacios que frecuentaba todos los días.

10 sospechosos fueron detenidos en Monjas, Quito, por presunta extorsión y robo.
El tercer caso recreado corresponde a Andrea Sánchez, estudiante universitaria de 21 años, quien habría sido víctima de un robo dentro de un bus urbano durante un recorrido nocturno.
“Dos hombres subieron como pasajeros. Cuando el bus avanzó unas cuadras, comenzaron a quitar celulares, mochilas y dinero. Nadie se resistió porque tenían cuchillos. Éramos más de veinte personas y todos terminamos siendo víctimas”.
Andrea sostiene que varios pasajeros decidieron no denunciar porque consideraban imposible recuperar sus pertenencias. Esa decisión ilustra uno de los problemas que enfrentan las instituciones: las estadísticas se construyen a partir de hechos reportados y no necesariamente representan la totalidad de los robos.
Ataques rápidos y mercados para lo robado
Los asaltantes no siempre actúan solos ni de manera improvisada. Algunas agrupaciones distribuyen tareas: una persona identifica a la víctima, otra ejecuta el robo, un conductor facilita la huida y un intermediario recibe celulares, tarjetas bancarias o documentos.
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Bravo señala que bandas dedicadas al robo abordan buses urbanos e interprovinciales para sustraer mochilas, teléfonos, dinero y tarjetas. En este último caso, advierte sobre redes que reciben los plásticos y buscan vulnerar sus seguridades. El asalto deja así de ser un hecho aislado y pasa a formar parte de una cadena económica.
Esa cadena se mantiene porque existe demanda. Un teléfono ofrecido a una fracción de su precio, una autoparte sin documentos o una tarjeta obtenida ilegalmente proporciona liquidez a las estructuras delictivas. Para Bravo, reducir la compra de objetos robados resulta tan necesario como perseguir a quienes ejecutan los ataques.
Las modalidades también evolucionan. En septiembre de 2026, seis personas fueron detenidas en Quito dentro de una investigación por el presunto uso de sustancias para aturdir a víctimas, apropiarse de sus medios electrónicos y realizar retiros o compras fraudulentas. Una víctima localizada en Ambato permanecía en coma, según el reporte policial citado por Ecuavisa.
Soluciones
Operativos que no cubren toda la ciudad
La presencia policial puede disuadir temporalmente el delito, pero resulta difícil mantener vigilancia permanente en todos los puntos críticos. Los delincuentes estudian horarios, rutinas y operativos, y después se trasladan hacia calles menos controladas.
En Quito, entre enero y el 4 de julio de 2026, los robos de mayor connotación bajaron de 7.938 a 6.233 frente al mismo periodo de 2025. El robo a personas se redujo un 15,17 %. Sin embargo, las armas de fuego pasaron de representar el 59 % al 66 % de los instrumentos utilizados en los casos registrados. Esto no implica un aumento general de robos, pero sí una mayor participación proporcional de ataques armados.
Las cámaras ayudan a reconstruir lo ocurrido, pero no siempre evitan el ataque. Bravo cuestiona que muchas grabaciones únicamente muestren cómo una víctima fue golpeada o arrastrada, sin que exista capacidad de respuesta inmediata. La extensión de las ciudades, la multiplicidad de puntos críticos y el número limitado de agentes dificultan la vigilancia continua.
El experto también relaciona parte de la delincuencia común con la falta de empleo, educación, salud e ingresos suficientes. Esto no significa que la pobreza conduzca automáticamente al delito, sino que la exclusión social, combinada con mercados ilícitos y una baja expectativa de sanción, puede ser aprovechada por redes criminales.