Caso de Pool Gavilánez evidencia conflicto de interés y evidente impunidad en la LigaPro
Las normativas disciplinarias pierden valor cuando el poder interviene. El presidente Miguel Ángel Loor actúa como defensor parcializado del estratega ciudadano

El técnico Pool Gavilánez (c) gesticula desde el banquillo de suplentes durante un partido de la LigaPro.
La señal oficial de televisión enfocó a Pool Gavilánez utilizando un radiocomunicador durante el partido Guayaquil City-Liga de Quito, en el estadio Christian Benítez. El técnico del equipo local estaba suspendido, por lo que se encontraba en la tribuna. La disposición legal (artículo 74.5, inciso A, del reglamento de la Comisión Disciplinaria) dice que quien esté cumpliendo una suspensión no puede “comunicarse ni ponerse en contacto con nadie” que participe en el partido.
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Horas después, en redes sociales aparece un video de Gavilánez en múltiples facetas de su trabajo. Algunas tomas de esta pieza audiovisual lo muestran con la misma ropa que usaba el día del partido y dentro del vestuario de su equipo. Evidentemente, se pasó por encima de la norma.
No hacía falta ser muy docto ni avispado para darse cuenta de la infracción. Ante la evidencia de la falta, Miguel Ángel Loor corrió raudo a prestarle la ropa al técnico, con quien mantiene una relación cercana desde la época en que el hoy presidente de LigaPro estaba al frente de Guayaquil City, donde Gavilánez trabaja sin apuros ni presiones desde hace nueve años. Surfeando entre descensos, intrascendencia y campañas mediocres y olvidables, Gavilánez es un caso inédito de estabilidad laboral en un medio particularmente cruel con los técnicos. Razones habrá para que siga campante.

Guayaquil City derrotó 2-1 a Liga de Quito el pasado 29 de agosto.
Loor, desde la trinchera de su X, mostró una indulgencia que sería normal si no detentara una posición de poder. El concepto de conflicto de interés -es decir, la obligación de ser imparcial en un cargo y, al mismo tiempo, tener un vínculo que empuja a favorecer a los cercanos- es ignorado abiertamente en varias instancias del poder del país. Y el fútbol, claro, no puede permanecer ajeno a esta omisión.
El poder y los vínculos que ponen al fútbol bajo la lupa
El titular de LigaPro no actuó como el dirigente que espera que el organismo disciplinario correspondiente obre y tome sus decisiones conforme a derecho. Rompió su investidura y se manifestó, sin pudor alguno, como alguien cercano a Gavilánez y a Guayaquil City, desconociendo una mínima y necesaria distancia.
En su larguísimo -¡uno más!- posteo sobre el tema ya adelantó la tesis de que, a lo sumo, habrá una multa si se comprueba que Gavilánez incumplió la norma, omitiendo que el reglamento podría establecer una nueva suspensión por el doble de la primera. Así de sencillo resulta tomar posición, poniendo por encima las afinidades y sin tener en cuenta que el espíritu de la sanción es excluir al técnico de su lugar de trabajo como consecuencia de su mala conducta en la cancha.
¿Qué hizo, por su lado, Gavilánez? ¿Asumió el error? ¿Presentó disculpas? ¿Se ofreció a aceptar las consecuencias de sus actos? Esos son gestos imposibles en alguien que se siente cobijado por el poder. Con un estilo ‘editorial’ similar al de Loor, también contestó con una larga parrafada en X, donde se expone casi como un iluminado e incomprendido en medio de una afición cicatera y mezquina que goza con verlo perder. Se mostró como una suerte de Medardo Ángel Silva del fútbol criollo.
Gavilánez y las respuestas que avivan la polémica
Gavilánez, pese a toda su experiencia, no entendió que incumplir una sanción y responder a las críticas necesarias con figuras retóricas como “importa más un walkie-talkie que el fútbol” es no hacerse cargo de las consecuencias de sus acciones. El núcleo del tema es que alguien no respeta la norma y hay quien, desde una posición dirigencial y con vínculos claros con el sancionado, lo protege con argumentos descontextualizados, forzados y torpes.
Torpe fue plantear el tema con la vieja confiable del “regionalismo”, como si a la hora de buscar el respeto de la ley importara el origen geográfico. Torpe fue también traer a colación situaciones similares de la Premier League, como si algún lazo real existiera con el mejor torneo del mundo. Más torpe es ampararse bajo la visera del tan socorrido “es algo que siempre pasa” como si esa justificación bastara para hacerse de la vista gorda ante lo irregular.
El fondo real
¿Por qué cuesta tanto reconocer un error? ¿Qué impide al poder dirigencial mantener distancias claras sobre temas en los cuales no debe inmiscuirse? El fondo de todo esto es la impunidad, ese virus que destruye social y moralmente al Ecuador en todas las instancias.
La persona impune parte de una premisa inamovible: yo incumplo la ley, yo me paso por encima de las normas, pero soy el primero en enojarme cuando me lo señalan y desenvaino la espada de bravo y bacán para contestar. Pasa en el Gobierno, en el poder económico, social y mediático, en la convivencia diaria. ¿Por qué el fútbol iba a quedar fuera?
Es hora de plantearse una tesis: ¿tendrá que ver toda esta prepotencia dirigencial y de los actores del deporte con la galopante indiferencia del aficionado, su ausencia de los estadios, el poco valor que le da a la competencia local, su desapego de figuras otrora congregantes como la Selección o los clubes populares?
Finalmente, ¿el ecuatoriano de a pie no está decepcionado de encontrar en el deporte, otrora fuente de distracción y alegría, los mismos vicios que mira en la política? Eso que dijo Francisco Maturana de que “se juega como se vive” ya es, lamentablemente, un lugar común.