¿Por qué OpenAI, Anthropic, Google y xAI quieren desacelerar la carrera de la IA? Aquí la cronología
Los líderes tecnológicos coinciden en que podría ser necesario desacelerar la carrera de la inteligencia artificial. ¿Por qué? Aquí te lo explicamos

Los líderes de la inteligencia artificial comienzan a hablar de desacelerar la carrera, mientras crecen las dudas sobre los riesgos, los costos y la competencia entre Estados Unidos y China.
La carrera de la inteligencia artificial siempre tuvo una regla bastante sencilla: llegar primero. OpenAI, Anthropic, Google y xAI compitieron por construir modelos más inteligentes, autónomos y capaces. Sin embargo, esta ocurrió algo que hasta hace poco parecía improbable: algunos de los hombres que lideran esa carrera comenzaron a pedir que se reduzca la velocidad.
En cuestión de días, un investigador de Anthropic renunció advirtiendo sobre un posible escenario de pérdida de control; OpenAI reconoció que explora cómo coordinar una desaceleración con sus competidores; Dario Amodei pidió formalmente reducir el ritmo de avance de los modelos más poderosos y Sam Altman, Elon Musk y Demis Hassabis respaldaron la idea. Donald Trump respondió desde el otro extremo: Estados Unidos no puede permitirse frenar mientras compite con China.
Las advertencias sobre los riesgos de la IA no pueden descartarse. Algunas proceden precisamente de las personas que conocen y construyen estos sistemas. Pero mientras Silicon Valley habla de seguridad, desde Wall Street ha surgido otra pregunta mucho menos apocalíptica: ¿y si el problema no es solamente que la inteligencia artificial avance demasiado rápido, sino cuánto cuesta mantener esa carrera? Seguridad y dinero no necesariamente son explicaciones excluyentes.
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8 de septiembre: OpenAI ya hablaba de desacelerar
La historia no comenzó con Anthropic. Jakub Pachocki, científico jefe de OpenAI, publicó el 6 de septiembre un ensayo titulado An Alien Mind sobre la posibilidad de desarrollar sistemas capaces de mejorar sus propias capacidades. Entre las medidas necesarias para enfrentar ese escenario incluyó algo extraordinario viniendo de una compañía que compite precisamente por permanecer en la frontera tecnológica: coordinarse para desacelerar desarrollos futuros.
La preocupación había llegado incluso hasta Washington. Según WIRED, OpenAI consultó en las últimas semanas a miembros del Congreso estadounidense para obtener claridad sobre si una coordinación entre los grandes laboratorios destinada a desacelerar el desarrollo de la IA de frontera podría violar las leyes antimonopolio.
El dilema resulta paradójico: OpenAI, Anthropic y sus competidores podrían considerar necesario ponerse de acuerdo para no correr demasiado, pero precisamente por ser competidores un pacto de ese tipo podría generar cuestionamientos legales.
Por primera vez, entonces, la discusión ya no era solamente si había que frenar. También había que averiguar si ponerse de acuerdo para hacerlo era legal.

Un enjambre de agentes de inteligencia artificial puede coordinar tareas y tomar decisiones de forma autónoma para alcanzar un objetivo común. Imagen generada con IA
8 y 9 de septiembre: la alarma sale desde dentro
Entonces apareció Jacob Coxon. El investigador había trabajado en OpenAI y posteriormente en Anthropic. Renunció esta semana a esta última y publicó una advertencia que se viralizó: aseguró que las personas que construyen IA creen genuinamente que esta podría acabar con la humanidad antes de terminar la década. “Esto no es una estrategia de marketing”, escribió.
Coxon acusó además a OpenAI y Anthropic de estar “apostando con nuestras vidas” mientras compiten entre ellas y contra laboratorios internacionales.
Su salida tuvo otro elemento llamativo. Según contó a Axios, abandonó Anthropic aproximadamente dos meses antes de que comenzara a recibir las acciones de la compañía que le correspondían como empleado. “No tengo nada que ganar inflando la valoración de Anthropic”, afirmó al medio.
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Pero Coxon no fue el único. Evan Hubinger, responsable de investigación de alineamiento en Anthropic, respaldó públicamente parte de su advertencia y puso su propia estimación sobre la mesa: considera superior al 10 % la posibilidad de que la IA acabe con todos los humanos durante la próxima década. Ese número necesita un enorme asterisco.
No es una probabilidad científicamente establecida ni existe consenso entre los especialistas de que haya un 10 % de posibilidades de extinción humana. Es la evaluación personal de un investigador que trabaja precisamente en seguridad y alineamiento.
La discusión científica continúa abierta y las estimaciones sobre un eventual escenario de pérdida de control varían enormemente. No existe consenso sobre la probabilidad ni sobre cuándo podría producirse un escenario de este tipo. Es decir: las advertencias son reales. La certeza sobre el apocalipsis, no.
12 de septiembre: Anthropic pisa el freno
El sábado la discusión dejó de estar protagonizada principalmente por investigadores y llegó directamente a las cabezas de las compañías. Dario Amodei, CEO de Anthropic, publicó un ensayo de unas 3.800 palabras titulado We Must Pace the Frontier.
Su mensaje estaba contenido prácticamente en el título: hay que moderar el avance de la frontera de la IA.
Amodei planteó un escenario en el que enormes cantidades de agentes autónomos pudieran operar en internet y advirtió que, sin suficientes salvaguardas, un escenario peligroso podría aparecer en cuestión de meses. Entre sus propuestas incluyó evaluaciones independientes y acceso permanente de evaluadores externos a los sistemas de Anthropic para verificar medidas de seguridad, investigar incidentes y estudiar el alineamiento de los modelos durante su entrenamiento.
No estaba proponiendo apagar ChatGPT, Claude o Gemini mañana. La discusión se concentra en ralentizar la mejora de las capacidades de los modelos que están en la frontera, mientras las compañías desarrollan mecanismos para evaluar y controlar sistemas más poderosos.
Hasta ahí podía considerarse simplemente la posición de Anthropic. Lo extraordinario ocurrió durante las siguientes horas.
Nueve horas en las que los rivales coincidieron
Axios reconstruyó lo ocurrido aquel sábado. A las 10:00, hora del este de Estados Unidos, Amodei publicó su ensayo. Aproximadamente una hora después, Elon Musk compartió el texto y escribió apenas tres palabras: “Dario is right” (“Dario tiene razón”). A las 12:30, Sam Altman respondió públicamente: “I agree with Dario that we need to pace the frontier” (“Estoy de acuerdo con Dario en que debemos moderar el avance de la frontera”). Y alrededor de las 19:00 llegó Demis Hassabis, cofundador de Google DeepMind y científico jefe de Alphabet: “Los detalles necesitan trabajarse, pero la dirección es correcta para afrontar este momento crítico”.
En aproximadamente nueve horas, cuatro de los laboratorios de IA más poderosos del mundo, acostumbrados a competir ferozmente y a enfrentarse públicamente, coincidieron en una idea que habría parecido extraña en plena carrera por la inteligencia artificial avanzada: quizá haya que correr más despacio.
Pero ese mismo día apareció el dinero
Mientras Silicon Valley hablaba de seguridad, Sam Altman hizo otro anuncio importante: OpenAI no saldrá a bolsa en 2026.
“Ahora mismo sería un momento poco aconsejable para salir a bolsa”, explicó en una entrevista con Fortune, difundida el sábado.
“Tenemos muchas cosas que hacer”, añadió. Altman vinculó su decisión al trabajo pendiente en seguridad, alineamiento y coordinación entre la industria y los gobiernos.
La salida a bolsa de OpenAI era uno de los acontecimientos financieros más esperados de 2026. La valoración proyectada podía superar un billón de dólares, lo que habría convertido la operación en una de las mayores salidas bursátiles de la historia estadounidense. Y aquí la historia deja de ser exclusivamente tecnológica.
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Una compañía privada puede financiar durante años una carrera costosísima apoyándose en capital de grandes inversores y expectativas de crecimiento. Una compañía que cotiza públicamente queda sometida de forma mucho más visible al escrutinio periódico de accionistas y mercados. Y estos no preguntan únicamente quién tiene la IA más inteligente. Preguntan cuánto ingresa. Cuánto gasta. Cuánto capital necesita.
La gigantesca factura de la IA
La magnitud de la carrera ayuda a entender la sospecha. Morgan Stanley estima que el gasto mundial relacionado con inteligencia artificial podría superar los 1,2 billones de dólares en 2027. Construir modelos más grandes requiere chips avanzados, enormes centros de datos, electricidad, redes y cantidades crecientes de capacidad computacional.
Además, parte de estos planes de expansión está recurriendo cada vez más a deuda y estructuras de financiación complejas, justo cuando los costos globales de endeudamiento permanecen elevados. Por eso algunos inversores escucharon la palabra “desacelerar” de una manera diferente. No pensaron únicamente en seguridad. Pensaron en crecimiento.
Si OpenAI, Anthropic, Google y xAI continúan compitiendo sin límites, cada una necesita invertir cantidades extraordinarias para evitar quedarse atrás. Si todas aceptaran avanzar más lentamente, podrían disponer de más tiempo para recuperar inversiones, mejorar eficiencia y convertir la gigantesca infraestructura construida durante estos años en negocios más sostenibles.
Frenar podría disminuir un riesgo tecnológico. Y simultáneamente disminuir una presión financiera. Las dos cosas pueden ser ciertas.
Hay una tercera explicación: miedo a que otros pongan las reglas
Existe además otro incentivo. La regulación. Axios planteó después de los anuncios del sábado que priorizar públicamente la seguridad podría ser también la mejor estrategia de las compañías para evitar que Washington imponga restricciones diseñadas completamente al margen de ellas.
Si una regulación parece inevitable, para Silicon Valley puede resultar mucho más conveniente sentarse a diseñar los frenos que esperar a que el Congreso los imponga. La discusión entonces ya no tiene dos explicaciones. La discusión entonces ya no tiene dos explicaciones, tiene al menos tres: riesgo tecnológico, presión económica y control de la futura regulación.
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13 de septiembre: Trump dice que Estados Unidos no puede frenar
Y entonces apareció una cuarta fuerza: la geopolítica. Donald Trump rechazó el domingo la idea de que Estados Unidos deba detener su carrera. “Podemos poner salvaguardas”, admitió, pero calificó como “fuerzas negativas” a quienes plantean escenarios que, según él, no ocurrirán. Su argumento central fue China.
“Estamos liderando ante China en IA. Somos el país más sofisticado del mundo. Y, francamente, quiero mantenerlo de esa manera porque quien gane con la IA, gana”, afirmó Trump.
El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, mantuvo una posición parecida: aceptó que las compañías puedan desacelerar voluntariamente, pero rechazó una moratoria de emergencia impuesta por el Congreso porque considera que podría perjudicar a Estados Unidos frente a China. Los demócratas reaccionaron de manera diferente.
El líder demócrata de la Cámara, Hakeem Jeffries, pidió actuar “con urgencia” y sostuvo que el Congreso debería tomar medidas para desacelerar el desarrollo y proteger a los estadounidenses. La discusión dejó entonces de ser únicamente tecnológica o económica. También se convirtió en política.
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14 de septiembre: Wall Street escucha la palabra “freno”
Este lunes llegó la reacción más tangible. Las acciones relacionadas con inteligencia artificial cayeron alrededor del mundo después de las declaraciones de los ejecutivos.
El índice de semiconductores de Filadelfia llegó a caer alrededor de 6 %, mientras el Nasdaq 100 retrocedió. Nvidia, AMD, Micron y otras compañías vinculadas al boom de la IA estuvieron entre las afectadas.
El mercado había pasado años premiando una premisa: la inteligencia artificial continuará creciendo y necesitará cada vez más infraestructura.
Ahora los propios constructores de esa tecnología estaban hablando de moderar su avance. Sin embargo, ni siquiera Wall Street cree necesariamente que el gigantesco ciclo de inversión vaya a terminar.
¿Miedo a la IA o miedo a las cuentas?
No hay evidencia suficiente para concluir que las advertencias de los ejecutivos sean simplemente una maniobra financiera. Tampoco existe consenso científico para afirmar que una inteligencia artificial fuera de control esté a seis meses, un año o una década de aparecer.
La respuesta puede estar en algún punto entre esos dos extremos. Quienes construyen los sistemas más avanzados pueden estar viendo señales que realmente los preocupan y, al mismo tiempo, descubriendo que mantener esta carrera exige inversiones cada vez más difíciles de sostener. Seguridad y dinero no tienen por qué ser explicaciones excluyentes.
Durante años nos preguntamos qué ocurriría si la inteligencia artificial avanzaba demasiado rápido. Esta semana ocurrió algo mucho más extraño: quienes tienen el pie sobre el acelerador comenzaron a hablar de pisar el freno. Ahora la pregunta ya no es si quieren desacelerar, sino por qué.