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Diario Expreso Ecuador

El trauma infantil deja huellas, pero el cerebro también puede sanar

Una experiencia dolorosa en la infancia puede marcarnos. El apego seguro, el acompañamiento terapéutico y el buen trato abren el camino hacia la reparación

Un entorno seguro y afectuoso favorece la recuperación emocional desde la infancia

Un entorno seguro y afectuoso favorece la recuperación emocional desde la infanciaMagnific

María Verónica Vernaza Guerrero

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Lo que debes saber:

  • El trauma infantil surge cuando una experiencia supera la capacidad del niño para afrontarla sin el apoyo de un adulto protector.
  • Un vínculo de apego seguro fortalece la resiliencia y reduce el impacto de las experiencias difíciles.
  • El cerebro infantil conserva una gran capacidad de recuperación gracias a la neuroplasticidad y al acompañamiento terapéutico.

Hay heridas invisibles. Permanecen en la forma de reaccionar ante el miedo, en la dificultad para confiar o en esa sensación de alerta que acompaña incluso los momentos de calma. Muchas personas crecieron con esas emociones sin comprender de dónde provenían.

Hoy, la psicología y la neurociencia ofrecen una respuesta esperanzadora: el trauma infantil puede dejar una huella profunda, mientras el cerebro conserva la capacidad de reorganizarse cuando encuentra relaciones seguras y experiencias de cuidado.

Durante una conversación con la psicóloga Carmen Ojeda, la especialista explicó que comprender el trauma infantil representa el primer paso para romper ciclos de dolor y construir relaciones más saludables. También recordó que el impacto de una infancia difícil depende, en gran medida, de la calidad del vínculo con los adultos que rodean al niño, ya que ese apoyo marca una diferencia decisiva.

Trauma y apego: dos conceptos distintos

En ocasiones ambos términos aparecen como si significaran lo mismo, aunque describen procesos diferentes.

La psicóloga explica que el trauma infantil corresponde a "la experiencia psicológica y biológica que ocurre cuando un niño vive una situación que sobrepasa su capacidad para comprenderla, afrontarla o regularla, especialmente si no cuenta con un adulto que lo proteja". Estas situaciones pueden incluir abuso, negligencia, violencia, abandono, pérdidas importantes, enfermedades graves, accidentes o una exposición prolongada al conflicto.

El apego, en cambio, constituye el vínculo afectivo que un niño desarrolla con sus principales figuras de cuidado. El psiquiatra y psicoanalista británico John Bowlby, creador de la teoría del apego, sostuvo que ese lazo funciona como un sistema biológico de protección y determina, en gran medida, la manera en que cada niño responderá frente al estrés y la adversidad.

La especialista destaca que dos niños pueden atravesar exactamente la misma experiencia dolorosa y vivir consecuencias muy diferentes. La diferencia suele encontrarse en la presencia de un adulto capaz de ofrecer protección, calma y comprensión. Ese apoyo permite integrar la experiencia y disminuye la posibilidad de que el sufrimiento se transforme en un trauma persistente.

El buen trato también protege

La mirada del neuropsiquiatra chileno Jorge Barudy amplía esta comprensión. Su propuesta incorpora el contexto familiar, social y comunitario para explicar cómo se transmiten los ciclos de violencia y, al mismo tiempo, cómo pueden detenerse.

Barudy plantea que muchas madres y padres que ejercen prácticas violentas crecieron dentro de historias de maltrato, lo que afecta sus capacidades parentales. 

Por eso propone fortalecer el concepto de buen trato, entendido como la presencia activa de adultos que ofrecen protección, afecto, límites claros y disponibilidad emocional. Estas experiencias también fortalecen la resiliencia infantil y favorecen un desarrollo saludable.

Lo que ocurre dentro del cerebro

El trauma infantil también deja una huella biológica. Cuando un niño percibe una amenaza intensa o constante, su organismo activa los sistemas responsables de responder al peligro. En ese proceso aumenta la producción de cortisol y adrenalina, hormonas esenciales para la supervivencia. Sin embargo, cuando permanecen elevadas durante largos períodos pueden modificar el desarrollo cerebral.

La amígdala, encargada de detectar amenazas, permanece en un estado de alta sensibilidad. El hipocampo, relacionado con la memoria y el aprendizaje, puede reducir su funcionamiento. A su vez, la corteza prefrontal, que participa en el autocontrol y la regulación emocional, también resulta afectada. Como consecuencia aparecen dificultades para concentrarse, controlar las emociones o distinguir entre un peligro real y un recuerdo doloroso.

Carmen Ojeda resume esta realidad con una idea esperanzadora: "La buena noticia es que el cerebro infantil posee una extraordinaria neuroplasticidad". Gracias a esa capacidad, las relaciones seguras, los entornos protectores y la psicoterapia basada en evidencia favorecen una reorganización progresiva de los circuitos cerebrales y una mejor regulación emocional.

"Hoy sabemos que el trauma no representa una condena permanente, sino una condición que puede ser reparada cuando el niño encuentra experiencias repetidas de seguridad, cuidado y vínculo", señala.

Cuando la terapia se convierte en un lugar seguro

Uno de los aportes más valiosos de la teoría de Bowlby consiste en reconocer el poder del vínculo terapéutico. Ojeda explica que el terapeuta no reemplaza a la familia, aunque sí puede ofrecer una experiencia diferente basada en la seguridad, la coherencia, el respeto y la disponibilidad emocional.

A partir de ese vínculo, el niño comienza a construir nuevas formas de comprenderse a sí mismo y de relacionarse con los demás. Aprende que puede confiar, expresar sus emociones y desarrollar relaciones alejadas del miedo.

Las investigaciones también muestran que estas relaciones favorecen cambios en el sistema nervioso y apoyan la reorganización de los circuitos cerebrales relacionados con el aprendizaje y la regulación emocional. Por esa razón, el vínculo terapéutico constituye una de las herramientas más valiosas para favorecer la reparación del trauma infantil.

Ocho herramientas que ayudan

  1. Sintonía emocional: el niño se siente comprendido y validado.
  2. Coherencia en el vínculo: la estabilidad genera confianza.
  3. Juego terapéutico: facilita la expresión emocional mediante el lenguaje natural de la infancia.
  4. Mentalización: ayuda a comprender las emociones propias y las de los demás.
  5. Narrativa del trauma: organiza la historia personal y favorece su integración.
  6. Regulación fisiológica: incorpora respiración, conciencia corporal y estrategias de regulación emocional.
  7. Fortalecimiento de la autoestima: impulsa la autonomía y una imagen personal más saludable.
  8. Trabajo con los cuidadores: fortalece las capacidades de protección y cuidado cuando existe un adulto disponible.
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