Guerra nuclear - tia loca 3
Aviso: mi plan de escape tiene derechos de autorInteligencia artificial

Esto es lo que pasa cuando las potencias mundiales juegan al Risk

Ya tengo listo el bloqueador y el velero para huir al sur; pero ni se les ocurra plagiarme el plan, no cabemos todos

A veces siento que el planeta es un tablero gigante de Risk, donde a ciertos países nos tienen de relleno, sin voz ni voto, pero recibiendo todos los salpicados de la guerra. El otro día me dio un susto que no les sabría decir si empezó en el wacho o en el estómago. La sola idea de una guerra mundial me desajusta la agenda de viajes (como si una fuera por la vida con tarjeta ilimitada y trabajo dudoso cual muñequita de esas que están de moda).

Mi sueño es recorrer el antiguo Imperio austrohúngaro, aquel que tras un conflicto se convirtió en Yugoslavia y que, luego de otro, resurgió como la Croacia que hoy está tan en boga. Pero claro, la guerra lo daña todo. Una aquí aplica el dicho de "allá los blancos que yo soy negro", pero la verdad es que las historias de los sobrevivientes parten el alma. Una vez vi a un señor mayor en un aeropuerto con números tatuados en el antebrazo y me dieron unas ganas locas de abrazarlo; da una rabia inmensa que los poderosos se ensañen con los inocentes.

Entre Pinky, Cerebro y el apocalipsis criollo

Todo este lío mental empezó por culpa de un video de esos que te saltan sin permiso, explicando qué pasaría minuto a minuto si nos vamos de "puñeteo" nuclear. Básicamente, las potencias deciden por nosotros, como si fueran Pinky y Cerebro. Ya saben: "¿Qué vamos a hacer esta noche, Cerebro?", "¡Lo mismo que todas las noches, Pinky: tratar de conquistar al mundo!". Parece que estos líderes, cuando se aburren del tecito de valeriana, deciden jugar con botones rojos.

Cuenta la leyenda que, en la Segunda Guerra Mundial, los señoritos de alta alcurnia, al quedarse sin trabajo y sin exportaciones -y con las señoras hartas de tenerlos en casa- se iban a las oficinas a jugar partidas eternas de ajedrez. Hoy, con internet, seguro estarían en línea.

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Pero ¡que no panda el cúnico!, como diría el famoso superhéroe mexicano el Chapulín Colorado. Yo ya tengo mi ruta de escape. En pleno caos apocalíptico, pienso "expropiar" (linda palabra utilizada por los dictadores latinoamericanos) uno de esos veleros divinos que se observan en la explanada acuática del Salinas Yacht Club. A vela, por supuesto, porque el viento todavía es gratis y no pienso depender del petróleo que las potencias se quieran acaparar.

Como la pelea será en el norte del globo terráqueo, el clima se contaminará progresivamente hacia el sur. Y ya que estamos en la mismísima mitad del centro del medio, eso de respirar aire puro se vuelve complicado con el paso de los días. Por eso la ruta es hacia Argentina o, más acertadamente, a la Estación Científica Pedro Vicente Maldonado en la Antártida.

Navegaría con viento a favor hasta la Patagonia, bien al extremo sur, donde el aire aún sea respirable. Dicen que se sobrevive bien con la pesca y, si la lluvia viene con chispas nucleares, tengo otro plan secreto que no les cuento para evitar malentendidos. La vida en el mar será más sabrosa, según la canción, aunque el Estrecho de Magallanes sea un vaivén de los mil demonios.

De la sobrevivencia posterior, que se encarguen otros. Yo soy yo y mi circunstancia, como dijo Ortega y Gasset. Bastante hago con confesarles mi plan de evacuación; si quieren más detalles, les vendo la información o acepto un trueque justo. Porque al final, la vida es bella incluso con guerras y desajustes, mientras podamos disfrutar de una puesta de sol, un helado de chocolate y un beso de quien más amamos.

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