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Se puede vivir de la musica inedita
Todos sueñan con que su arte trascienda las barreras de Guayaquil, pero no siempre resulta rentable para un intérprete seguir ese anhelo. Hay quienes hallan en el ‘cover’ la respuesta.

Viernes 22:00. El cielo invernal derrama unas gotas sobre el asfalto guayaquileño. Tabaco en el aire, cerveza en el piso. En menos de una hora, una banda de noise rock (género musical) hará de un patio, que a la par es garaje, su Glastonbury o Lolapalloza (eventos musicales a nivel mundial).
Allí, frente a no más de 25 espectadores, este ‘power trío’ (banda de tres miembros) conquista el aplauso. El sudor, la frente alta y los ojos luminosos delatan el delirio del éxito, y la, aunque sea mínima, invaluable conexión con el oyente. Ese gesto para un artista es su razón de respirar.
Y Guayaquil es eso, una tierra en la que se vive solo de elogios por el arte. Escasos son los músicos de la escena independiente que lograron derribar el mito en Ecuador: Ricardo Pita, Swing Original Monks, la Máquina Camaleón, Prime Ministers, Jazz The Roots, Mamá Soy Demente, son lunares que viven, y vivieron en alguna época, de sus proyectos y han logrado destacarse dentro y fuera del país. Pero es una tarea de valientes.
En un país donde no existe la industria musical como tal, no hay disqueras y las plazas para albergar conciertos de esta escena son cada vez menos, hacer de una banda inédita un sustento económico es un tarea casi imposible.
En Guayaquil existe una escena musical, que para Alejandra Cervantes, quien lleva ocho años tocando con Los Corrientes (una de las bandas más populares en la escena indie del país), tiene “buenos músicos, los estilos vienen por olas y ahora hay jóvenes que tocan bien. Va para arriba”.
Pero que “tiene poca exposición”. Están los festivales (últimamente estos han pasado a ser la plataforma masiva más efectiva para crear impacto), los cuatro bares que admiten música inédita y esos “buenos cristianos” que prestan o alquilan su casa, para hacer ruido desde la clandestinidad. Espacios, muy pocos.
Pero el artista también come. Y en los últimos años, hay quienes desafían el mito, y aunque no se lucran de su banda permanecen en la rama. Optan por la producción musical, ser roadies (técnicos de bandas) o sonidistas para conciertos. Pero hay otros que encontraron un camino que no es del todo aceptado: el cover (música de otro intérprete).
Juan Carlos Coronel, vocalista y guitarrista de 30 años, con más de 15 en la escena, es parte de una de las bandas más exitosas en eventos privados -Rewind- pero “todo lo que gano, lo invierto en Naranja Lázaro (proyecto independiente del que es parte)”.
“Con el cover me di cuenta de que podía salvar mi alma. Prefiero tocar mi guitarra o despertarme a cantar, a tener que estar desde las 08:00 en una oficina donde no quisiera trabajar”, explica Coronel, que al mismo tiempo reconoce que no le “roban público a la escena independiente”, pero que si pudiera solo vivir de su banda, “dejaría sin pensar” la de ‘chivos’ (como se dice en el argot musical a bandas con este formato).
Paolo Thoret, vocalista de Vírgenes Violadoras, piensa que el cover es “terrible, vergonzoso, amoral” y que no va con su ideología, pero entiende que al final del día “hay que pagar la renta”. Cuenta que en su mejor época -luego de salir en un filme nacional- cobraba hasta $ 1.500 por concierto “ahora no me bajo de $ 300”. Cree que el público de Guayaquil se “mueve por la moda”, pero también que hay artistas “vagos” (a la hora de promocionar sus proyectos).
Él lleva 25 años siendo profesor de natación y es tecnólogo en infografías con dirección de cine. Así se gana Thoret la vida. Aunque muchos lo identifican por sus escenas sobre un escenario con su guitarra.
Una agrupación de eventos privados (como la de matrimonio), que se ha convertido más bien en un recurso de supervivencia para quienes se aferran a la música, pueden alcanzar un motín de hasta $ 6.000 en una noche; la que toca tributos en un bar de la ciudad, por encima de los $ 500, mientras que una inédita en una noche de bar, puede superar esos $ 500 o irse a casa con $ 50, si hubo una pobre afluencia. La diferencia es que covers quieren escuchar todos los días, bandas locales, no siempre.
“Antes Diva Nicotina era solo músicos independientes, pero con la crisis económica del país, y con lo que cuesta sostener el lugar, hemos abierto el campo del cover, porque lo nacional se ha estancado”, cuenta Norman Recalde, propietario del tradicional bar en Las Peñas, al que los músicos retratan hoy como uno que “no es el mismo de antes”.
Negociaciones de taquillas 50/50 entre el músico y el bar, o 70/30, o una tarifa ya específica que no supera los $ 200 para los artistas, hace que la búsqueda de un espacio rentable para tocar en Guayaquil sea compleja.
La visión de Liberti Nuques y Elektra es clarividente en el actual contexto. Hace años organizan eventos de la escena local, antes en Entelequia -que dejó de existir- y ahora itinerantes en sitios “clandestinos” donde “no hay cláusulas”, se quedan “hasta tarde” y expenden su “propio alcohol”. Pero al final “no es sustentable”, ellas lo hacen “por necesidad de mover culturalmente a la comunidad”.
Pero ese “amor al deporte” no se debe negociar. Raúl Molina, percusionista en Jazz The Roots y reconocido músico nacional, deja una reflexión interesante: se puede prescindir del cover para vivir de esto, pero que “hace falta arriesgarse”.
“La música es un arte de riesgos. Si quieres salir adelante con tus creaciones inéditas debes dedicarte a ello. No menosprecio a quienes encuentran una manera más fácil de hacer plata con eso (los covers), cada cual vive su propio contexto. Pero si el músico de covers le dedicase ese tiempo a su banda a lo mejor le va bien”, agregó.
Fracasos, puertas cerradas, tocadas sin ser pagadas y eventos vacíos. El músico original se expone a esto. Pero no hay moneda que costee la expresión de manifestar mediante un instrumento lo que el alma necesita gritar. Al final, todos añoran ser “la primera banda del Ecuador en lograrlo”, en un país donde “lograrlo” es casi una utopía.
Piezas divididas
Los espectadores
Guayaquil tiene un público difícil. Por lo general disfrutan ir a eventos que no son pagados o festivales con bandas reconocidas, allí logran engancharse con alguna inédita. Pero mayormente apuestan por el cover o tributo. Deben arriesgarse también y escuchar la escena local.
Los espacios
Salvo los festivales organizados en plataformas importantes, que son contados al año en Guayaquil, no hay espacios de exhibición para la música independiente. Los bares priman lo monetario y ven más rentable programar bandas de covers, que les asegura un público más amplio.
Los artistas
Los músicos deben de preocuparse más del marketing, profesionalización e imagen de la banda. El nivel de su música, su aparición en redes sociales y en eventos, es clave para atraer a un público específico. También depende de ellos el ruido en la escena.
El experto
Fabricio Quintero comenzó con el sueño de todos, ser, en su caso, punkstar, pero en el camino ese idilio al sonido lo hizo un productor musical con cinco discos de oro y dos de platino con la casa musical, Borkis Entertainment, donde trabaja hace 15 años.
La “música nos está dejando atrás” y el fondo es la educación. “Vivimos en una ciudad sin cultura, lo que implica que la educación a nivel del arte no existe aquí”.
“Cuántos niños salen de la escuela conociendo quiénes son sus mejores autores, apenas y sabemos quién canta le himno”. Cree que el educar a profundidad este arte en las escuelas aportaría a que exista esa “verdadera valoración a la música”, no solo para “creer que sirve para tenerla de fondo en un bar”.
Aunque su empresa difunde músicos -como Daniel Betancourt- no es una disquera, y admite “no existen en Ecuador”. “Aquí grabamos artistas, unos trabajan con nosotros, pero no somos una disquera. No es que se buscan bandas”, concluyó el también baterista.
En contexto
La evolución de la escena en la capital
“Hace ocho años, un bar en Quito (Portón verde), nos prestaba el espacio y junto a bandas como Munn, Da Pawn, Máquina Camaleón empezamos a crear público en un espacio de 80 personas luego empezó a llenarse”.
Raúl Molina es un guayaquileño que vive en desazón por su ciudad, él es parte de la escena musical en Quito, avasallante con respecto a Guayaquil.
“No es que son más músicos, me atrevería a decir que en Guayaquil hay mejores”, pero que “muchos declinan por no ver dinero”.
A ellos les costó mucho tiempo “mover la escena y vivir de esto”. Con su banda, Jazz The Roots llenan todo lugar que visitan en el país y, en Chile, son bien recibidos.
En cuanto a bares, “hay al menos unos ocho, dentro y fuera de Quito”, que solo albergan música inédita.