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Vecinos de Salinas recelan de las aguas estancadas
Las aguas lluvias se acumulan en las calles del balneario y desembocan en el mar. Prevalece el mal olor. Las autoridades descartan un foco infeccioso.

Malestar y preocupación son las sensaciones con las que viven los habitantes del cantón Salinas al ver que cada vez que llueve intensamente, la calle Segunda (General Enríquez Gallo) y Tercera (Jaime Roldós Aguilera) del balneario se inundan a tal punto que el agua se acumula en ciertos tramos, según denuncian, hasta por más de 24 horas.
El último aguacero registrado, el del pasado 7 de febrero (de 14 horas), como ya publicó EXPRESO, dejó anegados varios barrios de los tres cantones de la provincia de Santa Elena; pero sorprendió sobre todo porque en el malecón de Salinas, el punto turístico más visitado del lugar, una vez más se abrieron las compuertas de las tres alcantarillas pluviales que allí se levantan (sin contar la de Chipipe), para que el líquido acumulado precisamente en las avenidas pueda desfogar al mar.
El hecho, que según explican las mismas autoridades se repite cada vez que llueve y al menos desde hace veinte años, ha dejado en la playa (como evidencia) las huellas de la retroexcavadora, que en uno los puntos tuvo que formar un camino (una especie de cauce) para que el líquido, que salía a borbotones, pueda ser direccionado con facilidad. El hecho de igual manera ha puesto a pensar a locales y turistas, especialmente a los guayaquileños, sobre qué tan segura es el agua en la que se bañan, puesto que denuncian que siempre que se acumula en las vías tiene mal olor.
“Si el agua que suele llegarnos hasta las rodillas y está repleta de basura es la misma que va a parar al mar, entonces está contaminada”, piensa Amanda Zurita, una de las personas afectadas de la calle General Enríquez Gallo, donde al menos siete de sus quince cuadras quedan bajo el agua.
Otros comerciantes, que solicitan a EXPRESO que no se publique su nombre, dan fe de lo dicho por ella. “Cuando hay el desfogue, las aguas suelen ser tan negras y tan sucias, que la playa huele feo, a veces hasta por dos días, y no solo que no se puede trabajar, sino que el turista se va”. Además permanecen insalubres las calles donde el agua está estancada, que corresponden a una vía transitada llena de peatonales que se conectan con hoteles, bares, restaurantes y que a diario es utilizada también para actividades recreativas como pasear, correr e ir en bicicleta.
Les crece moho, como pudo comprobarlo este Diario en su recorrido. Y además, por la cantidad de charcos que quedan con agua, el área se vuelve propensa, como lo explicó Katty Calva, directora provincial de Salud, a convertirse en un criadero de mosquitos, que llama a la proliferación del dengue, zika y chikunguña.
Y aunque para los afectados el origen de la contaminación (como engloban al problema) es claro y tiene lugar en la falta de mantenimiento de las alcantarillas que, a su juicio, es lo que genera el taponamiento y evita que el agua corra, y en el hecho de que las aguas se descarguen en el océano; para Daniel Cisneros, alcalde de Salinas, no ocurre ni lo uno ni lo otro, al menos no del todo.
“Las descargas que hacemos son las mismas que en Guayaquil se hacen al río y al estero; y en Quito, al (río) Machángara. Entonces, es un sistema natural que en todas las ciudades y países se hace. El agua es limpia.... Que la zona se inunde, que suele pasar, es cierto, pero porque ha llovido más del promedio. Años atrás, ante la mínima lluvia pasaba eso. Ahora se han hecho reparaciones en las redes y es distinto. Los mantenimientos son continuos”.
Entre 5 y 7 por año, explica Oswaldo Roca, director de Aguapen, ente regulador de estas redes y quien apunta a que la basura (incluida la que aún arroja la gente, que es mucha, según lo comprobó también este Diario), por lo tanto, no es la causante principal -como sí lo creen el Municipio, el Ministerio de Ambiente (MAE), la Gobernación y la Cámara de Turismo- de que el agua no corra o que apeste; sino los mismos residuos de lluvias anteriores, es decir agua ya estancada, que suele quedar en la base de los desagües.
“Si viene una lluvia, entonces esos rezagos salen también a flote. Y si el agua no corre, no es porque las alcantarillas están con basura, sino porque si la marea está alta, entonces no se pueden abrir las compuertas para que el líquido corra”. Toca esperar, menciona. A veces, cuatro o cinco horas.
¿Pero qué pasa con la contaminación? Las playas no están contaminadas, advierte. “Las descargas son solo de aguas lluvias y nada más, jamás se mezclan con las residuales, puesto que tienen conexiones independientes (ver subnota). Y si en el camino se revuelven con otras sustancias, como tierra, heces de animales o hasta animales muertos, con la salinidad estas pierden su efecto contaminante”.
César Proaño, director provincial del MAE, no profundiza en el tema, pero advierte que las playas, hasta la fecha, no son un foco infeccioso para el hombre. “Los controles que mensualmente realizamos confirman que el nivel de contaminación, tanto de las aguas de los colectores como del océano, está muy por debajo de los índices permitidos”. Aun así, advierte, hace falta hacer conciencia ambiental.
Y no solo porque las especies marinas puedan estar en peligro (ellas, como se ha evidenciado a nivel mundial, son las víctimas del plástico y los desechos); sino porque las personas, pese a que tampoco se ha reportado ningún caso, podrían desarrollar alguna infección dermatológica. “Si las ratas, perros muertos, aceites y demás van a parar al mar, uno sí se podría enfermar”.
Ante ello, si bien no tienen fecha prevista para iniciar el proyecto, Roca adelanta que en conjunto con el Cabildo se prevé que todas estas aguas pluviales puedan a futuro desembocar en la Estación Sur, ya existente, ubicada en Mar Bravo, otra playa, pero no utilizada por los bañistas.
“Al momento, las aguas lluvias de algunos barrios ya descargan allá. Lo que queremos es crear esas conexiones, que costarían alrededor de $ 12 millones. Lo estamos estudiando”.
Para el guayaquileño Gastón Alcázar, quien tiene un departamento en el sector de San Lorenzo, esta obra le daría tranquilidad. “Si en el mar hay mar y nada más, nos sentiríamos mucho mejor. Y es que ver las calles colapsadas o saliendo de un tubo, rumbo a donde horas más tarde mis hijos van a nadar, sí me hace desconfiar. Incluso pensar que estoy nadando entre las aguas residuales de todo el cantón”.
Las aguas residuales
Tanto Cisneros como Luis Tenempaguay, director de la Cámara de Turismo de Santa Elena, y los representantes del MAE y Salud, confirmaron que el olor de las aguas estancadas no tiene nada que ver con que se mezclen con las residuales.
Estas, coincidieron, al menos en lo que respecta a las viviendas y negocios que se levantan en el malecón, sus calles secundarias y el sector de San Lorenzo y Chipipe, descargan directamente en las piscinas de oxidación que se encuentran en Punta Carnero.
“Llevamos todos los controles y no hay conexiones clandestinas en estos puntos”, dijo Cisneros, al precisar que el 65 % del cantón cuenta ya con sistema de alcantarillado sanitario, mientras que el resto aún utiliza pozo séptico.