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Toma de la Bastilla en Niza

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El atentado en Niza el pasado 14 de julio no es únicamente una nueva masacre que el mundo observa entre atónito e indignado, por la crueldad, premeditación y frialdad con que se cometen estos actos de barbarie, por vándalos cuya vida no les interesa -lo cual es problema de ellos-; pero lo repugnante es que crean tener derecho a terminar cobarde y miserablemente con la existencia de personas inocentes, demostrando su espíritu vengativo y sus atrofiadas creencias religiosas.

La fecha que escogió el autor del ataque terrorista es el día en que Francia celebra su fiesta nacional, en homenaje a uno de los más ansiados valores que tanta sangre ha costado a la humanidad, la libertad, en el convencimiento de que si algo motivó históricamente a las personas a luchar fue el querer ser libres, dignos y supervivir honestamente. La opulencia y disputas o guerras por alcanzar poder y/o dominios territoriales están limitadas a quienes por ambición desmesurada o resentimientos sociales son capaces de irrespetar todo para satisfacer lánguidas apetencias personales o de grupos que se benefician con sus acciones, lo cual solo les sirve para llenar vacíos espirituales. La Bastilla constituye un símbolo para los franceses, es aquel cuartel tomado por sus revolucionarios para liberar a los presos políticos que sufrían persecuciones de regímenes absolutistas, tiránicos y arbitrarios, de monarcas intolerantes que se creían predestinados, que ofendían a quienes no eran sumisos o vasallos de sus caprichos. Pensaban que su desenfrenado autoritarismo les daba derecho a considerarse dueños del país, de vidas y haciendas; eso explica las frases altisonantes del Luis XIV: “El Estado soy yo”, “después de mí, el diluvio”.

Soplan vientos de un mundo que está viviendo entre el miedo y la incertidumbre. Los valores y la seguridad pertenecen al pasado, se prefiere el tener al ser. El precio es soportar cómodamente ser víctimas de atropellos, vivir atemorizados, prisioneros de conciencia, mutilados en la posibilidad de pensar, de opinar. Por esa identificación de Francia con la democracia, respira aires de legítimo orgullo su día nacional, este año teñido de luto. Su reto presente es ser consecuente con su historia, en la que combatió el fanatismo religioso medieval reflejado en la Inquisición.

colaboradores@granasa.com.ec

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