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Solca
Imaginemos una empresa cuyos directivos deciden aportar un monto determinado para mejorar la infraestructura. El gerente debe administrar estos fondos con el fin de cumplir con este deber. Pasan meses y la infraestructura sigue igual. En reunión de emergencia el gerente es cuestionado, a lo que responde: “Me dieron la plata para utilizarla y como era mía decidí hacer lo que creía conveniente”. El final de la historia: el gerente es despedido (y tal vez denunciado). La misma lógica veo en el caso Solca. Los impuestos destinados a su financiación no provienen de la recolección del Estado. Por lo tanto, no equivale a la utilización de fondos públicos. Ante esto no entiendo las declaraciones del presidente Correa: “¿Por qué hay fundaciones públicas que solo viven de la plata del Estado?” La décimo cuarta disposición del Código Orgánico Monetario y Financiero establece claramente que el 0,5 % que recibe Solca proviene de las operaciones crediticias, o sea del sector financiero. Si el Estado en este caso no aporta, ¿por qué hay entonces una deuda con la institución? Eso lo entiendo si comparamos a nuestro gerente con el Estado. Aunque el Estado no recauda impuestos sino que los administra, en palabras de Rafael Correa: “Duela a quien le duela, brinque quien brinque, los impuestos son del Estado”. La justificación del Gobierno de la deuda sería que el 0,5 % no está destinado exclusivamente a Solca, sino a la lucha contra el cáncer integral. Ante esto dos observaciones: en primer lugar, cuando Alianza PAIS en 2014 propuso la creación del impuesto, fue considerado exclusivo de Solca (al menos fue la única institución nombrada, en las declaraciones no se mencionó otro jugador en la mesa), y segundo, en caso de haber más beneficiados por los fondos, den pruebas de quiénes (y cuándo) lo fueron. “No se preocupen, mándennos las instalaciones y nosotros atendemos a la gente”. No puedo dejar de sorprenderme, especialmente cuando parte de los problemas de Solca se dieron precisamente por atender clientes que abandonaron la salud pública. ¡Cuánto optimismo del gerente!
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