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La salud de los presidenciables

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No es ético que los médicos que los tratan hagan públicos los padecimientos que afectan a dirigentes políticos que son sus pacientes.

Sin embargo, así como se dice que ni la tos ni los bienes mal habidos se pueden ocultar por mucho tiempo, parece que tampoco las patologías que potencialmente sufren.

El tema viene a cuento a propósito de las inquietudes sembradas por el inefable Donald Trump, acolitado por el exalcalde de Nueva York: Rudy Giuliani, en relación con la salud de la señora Clinton, que el exótico candidato republicano insiste en señalar como mala, pese a las afirmaciones en contrario de la facultativa que atiende los males de doña Hillary.

Ya se atreven incluso a lanzar al ruedo diversos diagnósticos de sus padecimientos, todos vinculados mañosamente a una admitida conmoción cerebral sufrida a fines del 2012. Así, se especula sobre Parkinson, epilepsia y otros trastornos neurológicos, todos ellos potencialmente inhabilitantes para el complejo ejercicio de la primera magistratura de cualquier país y, con mayor, de uno con las responsabilidades globales de los Estados Unidos.

Mirando desde acá, lo primero que queda probado es que la señora Clinton tiene cerebro, por eso fue posible su conmoción. Y que funciona muy bien, se evidenció en la convención demócrata. Que lo mismo ocurre con el señor Trump es tema a discutir. A que funciona bien, me refiero. Su discurso permanente es una sucesión de frases hechas en tono de robot y más todavía ahora que ha perdido la poca espontaneidad que poseía, probablemente en razón de un pedido de sus asesores, que lo quieren mesurado... a la fuerza, dado que nunca lo ha sido, hecho visible en la desmesura de sus aspiraciones.

Por ello, un examen de su salud mental para ambos contendientes no estaría nada mal. Creo honestamente que incluso debería ser de carácter obligatorio, especialmente cuando va estar en sus manos la posibilidad de provocar una tercera guerra mundial, desatar un infierno atómico o hundir al país. Sin duda, se requieren garantías de un mínimo equilibrio emocional. Por supuesto, allá y también acá. Queda dicho.

huertaf@granasa.com.ec

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