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Reflexiones sobre el petroleo

Amigables como son los miembros del partido de Gobierno con las relaciones públicas, el vicepresidente, y aspirante a candidato a la Presidencia, acaba de anunciar los resultados muy alentadores del denominado tren ITT (tres campos petroleros en sucesión en el suroriente ecuatoriano, que contienen reservas de crudo extrapesado), los que incrementarán la producción inicialmente en 22.000 barriles diarios, con un potencial para alcanzar los 50.000 barriles.
Esta noticia debe producir sonrisas de satisfacción, pues es equivalente a mostrarle al niño el juguete nuevo. Pero el tema petrolero es mucho más complejo que como lo pintan. Se ha anunciado, por ejemplo, que los costos de producción por barril son de $12.
Extraordinario, excepto que hay que preguntar cómo se ha hecho el cálculo, y si el mismo es tan solo el costo directo de la extracción, o si se han incluido los costos operativos (servicios y administración) de la petrolera estatal, el transporte al terminal, y la amortización de la inversión. Podemos estar seguros de que si se incluyen estos rubros, los $12 anunciados se quedan bastante cortos.
Pero más allá de eso, el anuncio de un yacimiento no nos dice mucho acerca de la política petrolera en un mercado “de compradores”, donde estos imponen las reglas del juego. Es tan vulnerable la situación que Rusia (el segundo mayor productor fuera de la OPEP) está vendiendo su petróleo con 15 % de descuento, y similares prácticas de comercialización agresiva caracterizan el posicionamiento de mercado de titanes como Arabia Saudita e Irán.
Ecuador es un productor marginal, cuya presencia en el mercado no causa ningún movimiento en los precios; actualmente tiene vigentes sus contratos de venta a largo plazo con China que, aparte de asegurarle mercado, le da certeza a los precios. Pero a partir de este año tales ventas empiezan a declinar (en cinco años bajarán del 94 % del total de las exportaciones de Petroecuador para el año en curso a 6 % para 2021). Si Ecuador debe volver al mercado “spot”, de seguro experimentará mayor presión sobre los precios ofertados, y por ello el diseño de la política en el mediano y largo plazo es materia de reflexión profunda.
Un tema adicional de reflexión es lo que se hace con el petróleo. No basta tenerlo.
Venezuela tiene los mayores recursos hidrocarburíferos en el mundo, y sin embargo es una economía quebrada en un Estado fallido. Es prueba plena de que un mal gobierno puede hacer más daño que cualquier catástrofe natural, y cabe analizar entonces si el uso de la mayor bonanza petrolera jamás experimentada por nuestro país ha sido el mejor. La respuesta corta es que probablemente no: la expansión fiscal superó con creces los ingresos del petróleo y ahora estamos condenados a vivir en ajuste; la inversión creció, pero su estructura (porcentualmente hablando) quedó virtualmente invariable: 78 % es gasto de consumo, lo que queda es formación de capital. Con la falacia de que no hay mejor ahorro que la inversión (que es gasto) se ha creado un Estado centralista, adiposo, abusivo, y nada listo para cambiar.
Con este conjunto de circunstancias, cabe hacer la última reflexión, a manera de pregunta: ¿vale la pena tener petróleo?
swettf@granasa.com.ec