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En lo mas profundo de la presa de Chongon
1.364 metros es la longitud de la presa. Su altura máxima, en ciertos tramos, es de 54 metros.

Reconocen que deben estar psicológicamente bien para sumergirse en esas condiciones bajo el agua. Bucear en una represa no se asemeja en nada a hacerlo en el océano, no solo porque no hay corales ni peces, sino porque el entorno es frío, oscuro y turbio, por lo cual la visibilidad es escasa.
Con ese panorama, desde hace dos semanas ocho buzos, dos ecuatorianos miembros de la Infantería de Marina en servicio pasivo y seis españoles del grupo Inhisa (Ingeniería Hidráulica S.A.), hacen inmersiones en lo más profundo de la presa de Chongón, en el kilómetro 26 de la vía a la costa, para ejecutar una obra que nunca antes se ha realizado en Ecuador.
Deben dar mantenimiento a las válvulas y compuertas que se encuentran en su base. Pero para hacerlo deben sacarlas a la superficie.
Si vacían el estanque, una de las posibilidades para retirarlas, se quedarían sin agua por seis meses la península de Santa Elena y General Villamil Playas, que se alimentan de la presa, cuya capacidad de almacenamiento alcanza los 280 metros cúbicos. Por ello tienen que extraerlas por aire. Mas para desmantelarlas, previamente tienen que construir e instalar dos enormes escudos que permitirán obstruir el acceso del agua y mantener seca el área donde van a trabajar. Actualmente el equipo lleva a cabo las inmersiones para medir la extensión que tendrán los ‘corchos’.
A Enrique Navarro, especialista guayaquileño con 25 años de experiencia, esta labor (que realiza por primera vez, a diferencia de sus colegas españoles) le ha generado sensaciones tan agradables como confusas.
Tener que descender 30 metros en vertical y luego, con ayuda de un torpedo, bucear otros 220 metros en horizontal a través de un túnel (de 6 metros de diámetro) hasta llegar a las puertas, resulta ser más complejo de lo que parece, dice Navarro al describir el proceso.
“Abajo percibes la belleza de la desolación, pero al mismo tiempo te desorientas: no escuchas nada”. Si no fuera porque van atados a una línea de vida de 400 metros de longitud, que desde la superficie les proporciona luz, audio y vídeo y controla su nivel de oxígeno, perderían la noción del tiempo, agrega el submarinista español José Alberto Sánchez, quien ha realizado ya este tipo de obturaciones y en distancias que alcanzan los 70 metros de fondo.
Por precaución, cada descenso se cumple siempre entre dos y por un tiempo no mayor a 50 minutos, advierte el buzo y jefe de operaciones Antonio Jiménez, quien en cada inmersión guía a los hombres desde los exteriores del embalse en un ‘camper’, donde yacen monitores y cables de todo tipo.
Si permanecen más tiempo los buceadores, que se zambullen cargados de equipos de soldadura subacuática y herramientas neumáticas para ejecutar los sondeos, corren el riesgo de desarrollar la enfermedad descompresiva, también conocida como la ‘enfermedad del buzo’, que se debe a la formación de burbujas de nitrógeno en zonas del organismo, las cuales pueden pasar a la sangre, dando lugar a fenómenos embólicos.
“Por ello, cuando bajamos vamos directo al punto”, explica Navarro. “Buceamos a veces entre troncos, redes y ramas que encontramos en el camino, tomamos muestras e instalamos una serie de maniobras para facilitar luego la instalación del escudo”. No hay cabida para la improvisación.
Para defenderse de las redes, los profesionales llevan consigo siempre un cuchillo. “Arriba, por si nos descompensamos, tenemos una cámara hiperbárica para que nos reanime. En el abismo, ante alguna emergencia solo estamos mi cuchillo y yo”, comenta con gracia Víctor Moreno, también de España.
Acerca del tiempo que permanecerán en la obra, los expertos, que culminarán esta semana la primera fase de las labores (la de inspección), dicen no tener un plazo fijo. “Depende del estado en que encontremos las puertas, si habrá mucho o poco que restaurar. Una vez terminado eso, tendremos que reinstalarlas. Allí terminará nuestra misión”.