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Libre albedrio: real o ilusorio

Se trata de una discusión sesuda: existe la libre voluntad, o se trata simplemente de una ilusión (como ilusión también se dice es el tiempo, fuere en la mente de Calderón de la Barca, o en la de Stephen Hawking). El fundamento de la ética del comportamiento es el principio de que somos dueños de nuestros actos, y más allá de ello, es el fundamento de las religiones. Aun Calvino, quién postuló la doctrina de la predestinación, expresó que la pena del infierno podría evitarse a través de la redención de las buenas obras.
La ciencia, no obstante, sigue hallando pruebas de la materialidad de nuestra existencia. Se ha llegado a explorar el cerebro en forma íntima, y determinar qué centros, lóbulos y regiones intervienen en los procesos de nuestro diario vivir, incluyendo las funciones superiores. Las resonancias magnéticas funcionales revelan, en color y precisión tridimensional, la forma en que las neuronas interactúan, y cómo, conducidos por procesos bioquímicos, se arman las decisiones y los escogimientos. Aquello que se conoce como la consciencia resulta ser un cóctel de combinaciones de elementos que contribuyen a la formación de las memorias, al conocimiento, al carácter, a los estados de ánimo, y a la misma química del amor y del acoplamiento sexual.
Más aún, el determinismo es heredado y parcialmente formado. El código genético de cada persona es transmitido de generación en generación y nos hace quienes somos. Hay genes específicos que explican no solamente la propensión a dolencias, sino el mismo equilibrio mental a lo largo de la vida. Ocurren igualmente accidentes que al afectar regiones del cerebro tornan a personas hasta entonces normales, en sádicos y sicópatas.
¿Somos entonces unos zombis? La aceptación total del determinismo y no existencia del libre albedrío tiene implicaciones negativas para la persona y el convivir social. Se ha probado experimentalmente que quienes aceptan el fatalismo como norma de vida son proclives al fracaso, a las conductas menos honorables, al peor desempeño, a la desesperanza y a la depresión. No es nada extraño, pues si nuestras vidas carecen de sentido, si somos bío-robóticos, estamos predeterminados, y lo mismo da ser héroe que cobarde, honesto que malandrín, es natural que el esfuerzo afloje y, como dice la canción: “el calicanto falsee”.
Asumiendo que se trata de hipótesis correctas, la mejor opción no obstante es que, a manera de Pascal, aun cuando el libre albedrío no exista, es mejor creer que sí existe, y que es la expresión consumada de la condición humana. De hecho, quienes entendemos la disciplina de la economía, nos pasamos la vida observando no lo que la gente dice, sino lo que la gente hace (incluyendo los políticos). De nuestras observaciones podemos colegir que no existe un patrón determinista, sino más bien un enjambre de decisiones aleatorias cuyo elemento común es el interés y la conveniencia propia.
Resulta entonces que si la epistemología de Platón, y no la de Aristóteles, es la correcta, vivimos en un mundo de sombras, pero la realidad sí existe en una dimensión superior. Somos determinados y determinantes a la vez, y, para la paz mental, es mejor ser creyente que nihilista.
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