Sobre “Prostitucion sin retiro”. Una realidad que debio terminar a tiempo.
El 22 de junio de 2017 un diario de Guayaquil tuvo a bien publicarme una opinión que titulé “Trabajadoras sexuales mayores”. Relataba que hay mujeres que hacen de su cuerpo su medio de explotación, solventando así su manutención y hasta la de su propia familia. A muchas les desagrada el oficio, pero fueron inducidas por hombres que les prometieron amor, abusando de su ingenuidad, haciéndolas cargar con la cruz de la deshonra. Cuando pasa el tiempo, ese cuerpo pierde atractivo y comienzan a pulular en los más lúgubres lupanares en busca del cada vez más escaso cliente. El vulgo las observa y con sorna y burlas las hacen objeto de una degradación lacerante. Continúo conminando a crear la casa de retiro para meretrices mayores (edad avanzada) que deambulan, duermen y pernoctan en aceras, parques, zaguanes, bajos pasos elevados... Casi dos años después, el domingo 28 de abril del 2019, leo un extenso reportaje: “Abuelitas y aún prostitutas”, el cual narra la más pura verdad de lo que acontece. Pero no debemos tomarlo como cosa insustancial, ya que están de por medio seres humanos. Si tomamos conciencia plena de este drama caemos en cuenta de que es una historia aterradora, que no hace más que resaltar la pobreza espiritual de esas mujeres. La ciudadanía no debe tratar como estigma esa conducta de la cual todos somos culpables. No por no haber censurado a tiempo esas actitudes, ya que todos tenemos el derecho de escoger la vida que nos plazca, sino porque no hemos sido capaces de redimir a esas abuelitas que en el ocaso de sus existencias merecen una casa de acogida.
César Jijón Sánchez