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Hay un antiagrarismo inconsciente

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El Ecuador económico y productivo de hoy no es el mismo de ayer. Esto es obvio. Sin embargo, tal hecho puede ocultar realidades y procesos que no se deben olvidar. Es cierto, las naciones cambian, evolucionan y se transforman, estimuladas por nuevas necesidades y demandas. Rechazar esto sería un absurdo, que olvida y niega la historia.

También lo es la pretendida desvalorización del rol que a lo largo del tiempo ha tenido el sector agrícola. Por esto importantes estudiosos y especialistas (los agraristas) afirman que no reconocer la transcendencia que tienen las actividades agropecuarias para el país, es un error y desatino.

Esto se sustenta en hechos, realidades y procesos históricos. Ayer y hoy el aporte del sector agrario al país es una constante y una verdad que se pueden verificar en la economía del Ecuador. Por eso es pertinente la pregunta respecto a si existe o no un antiagrarismo en importantes sectores políticos, dirigenciales, gobernantes, partidos y organizaciones políticas.

La pregunta adquiere importancia pues los programas que proponen las organizaciones y nuevas tendencias políticas carecen de una clara propuesta y reorientación para el sector agrícola.

La actual situación del país, con crisis e iliquidez fiscal, es el mejor momento para tomar conciencia de que por el peso del petróleo, de las nuevas tecnologías, de una sustitución inviable de importaciones, así como de un urbanismo acelerado, se ha dejado de ver al campo como un segmento activo y dinámico de la economía.

Da la impresión de que la economía agrícola no existe. Sus especialistas escasean. Políticos y partidos, en la medida en que la población se ha transformado más en urbana que rural, cambiaron sus programas y propuestas. Pocos son los líderes que se atreven a pensar lo que hoy producen y siguen generando las diferentes actividades agropecuarias de las diversas regiones del país. De ahí que es pertinente, en las actuales condiciones económicas del país, que todos los agentes económicos, líderes sociales, políticos y gobernantes, reflexionen objetivamente y se autoanalicen para ver si en ellos hay un antiagrarismo, consciente o inconsciente, que crea efectos negativos en la sociedad. Ahora más que nunca es necesario repensar el campo, modernizarlo e incorporarlo a la dinámica de los nuevos tiempos.

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