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El gran muro de resistencia de Pelosi

Quienquiera que le haya explicado al entonces presidente electo Donald Trump qué significaba ser presidente -si alguien lo hizo- olvidó mencionarle que en ocasiones un presidente pierde una pelea política y que hacer una gran promesa que tal vez no pudiera cumplir le exigía encontrar la manera de impedir que sus seguidores más fervientes se le volvieran en contra al no cumplirla. Una preparación descuidada para el cargo, junto con la personalidad distorsionada de Trump, condujo a la cuasi parálisis de gran parte del gobierno federal durante 35 días, el período más largo en la historia de EE. UU., lo que terminó afectando a unos 800.000 empleados inocentes y humillando a un presidente que le da mucha importancia a que se lo vea fuerte. Al igual que la mayoría de los matones, Trump ocasionalmente da muestras de su debilidad interior. Lo percibió Nancy Pelosi, portavoz de la Cámara de Representantes. Al regresar de una reunión televisada en la Casa Blanca con el presidente y el líder de la minoría del Senado, Chuck Schumer, el pasado diciembre, Pelosi informó a sus colegas demócratas sobre la insistencia casi alucinógena de Trump de reunir fondos para un muro en la frontera entre EE. UU. y México para mantener afuera a los inmigrantes ilegales. “Para él es como una cosa de hombría”, dijo Pelosi. “Como si alguna vez se lo pudiera asociar con la hombría”. Trump se había metido en un atolladero importante. Además, él nunca ha tenido que lidiar con una mujer tan inteligente, digna y tenaz como ella. En su reunión de diciembre con Pelosi y Schumer, dejó escapar: “Estoy orgulloso de cerrar el gobierno para una seguridad fronteriza”. Y agregó: “Tomaré las riendas. Seré yo quien lo cierre”. Cualquiera que esté mínimamente informado sabe que la persona sospechada de causar el cierre del gobierno pierde en las encuestas de opinión. Trump había caído en su propia trampa. Cada vez que hay un cierre del gobierno, los norteamericanos aprenden las tres mismas cosas: que los trabajadores federales -despectivamente llamados “burócratas”- son seres humanos con familias, enfermedades y otras cuestiones; que la mayoría no vive en la zona de Washington, sino que están diseminados por todo el país; y que los contratistas del gobierno también se ven afectados -no Boeing y otros por el estilo, sino personal de limpieza de edificios, trabajadores de cafeterías y demás-. Entonces, además de los 800.000 trabajadores aproximadamente del gobierno -algunos suspendidos, algunos a los que se les exige trabajar sin cobrar-, se calcula que otro millón de trabajadores también se ven afectados directamente. Es más, los restaurantes y otros pequeños negocios en la cercanía de las instalaciones del gobierno sufren la falta de actividad. Las historias sobre el impacto duro del cierre del gobierno rápidamente pasaron a dominar las noticias. Pelosi se mantuvo firme, aconsejando paciencia y explicando que, en el mismo instante en que los demócratas le ofrecieran a Trump el dinero para su muro, le estarían haciendo el juego a Trump y perderían su argumento de que el gobierno no debe cerrarse por un desacuerdo político. Los niveles de aprobación de Trump se desmoronaron. El 25 de enero Trump cedió. Como es su costumbre, intentó camuflar su retirada. Pelosi había superado tácticamente a Trump.