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Bastó una semana para que se acabara la concordia y solidaridad que se vivió tras el terremoto. La oportunidad que el Gobierno tuvo de redimirse en algún grado sirviendo a una nación desgarrada por el desastre, no fue aprovechada. La escenografía era la de una tragedia humana pero sus actores, siguiendo el libreto agresivo y pendenciero, eran los mismos. Se reiteró la insensatez, se reavivó la confrontación, se incrementó el malestar sembrado por quienes en mala hora nos gobiernan y se hizo evidente la inexcusable voracidad fiscal a pretexto de una reconstrucción humanitaria. ¡Qué tristeza!

El proyecto de nuevos gravámenes tributarios se estructuró en buena parte -no hay duda de ello - antes de un sismo que solo sirvió como coyuntura ideal para justificar las exacciones. Es un proyecto que, lejos de buscar consensos e incluso patrióticas concesiones, remarca la tozudez ideológica de un Gobierno empecinado en el fracasado estatismo socialistoide y autocrático. Correa cree que solo él puede y debe reconstruir el país y, obviamente, al carecer de fondos para ello, no trepida en arrebatárselos a quienes más bien esperan que se les mitigue su aflicción. Nos invade el escepticismo al observar la perversa concurrencia de un sismo destructor y la escualidez fiscal de un Gobierno despilfarrador que hoy no puede pagar sueldos a su gigantesca burocracia. Tenemos por ello el derecho a asegurarnos del destino real de los nuevos tributos que, por fuerza de la domesticidad de nuestra Asamblea, serán creados. Y resulta significativo que los propios servidores públicos declaren estar dispuestos a ceder parte de sus remuneraciones bajo la condición de que no sean administrados por sus superiores jerárquicos.

Debo decir que creo en las predicciones de Dahik, Roldós y Nebot, todos ellos con vertientes filosóficas y políticas diferentes, y ¡no en las de Correa! Aquellas emanan de una sana lógica y del propio sentido común, confirmadas luego por el SRI, que ha anunciado una caída del 30 % en la recaudación del IVA, aun antes de que el incremento tributario se convierta en ley. Resulta paradójica y torpe la visión gubernamental de reconstruir a cambio de empobrecer y aumentar la aflicción de un pueblo al que se dice amar.

No hay asidero lógico ni moral para que el Gobierno pretenda manejar recursos privados y ajenos. No son ingresos petroleros, no provienen del comercio internacional, ni de empréstitos gubernamentales. Para ser gráfico, son dineros salidos del bolsillo del pueblo consumidor y del patrimonio de empresarios y personas naturales. El Gobierno, pese a sus malos antecedentes en la materia, se apropiará de los nuevos recursos para manejarlos a su conocido arbitrio, bajo la burla fiscalizadora de una Asamblea doméstica. No creo equivocarme al afirmar que nunca se ha visto tanta ineptitud, tanto desconocimiento y noveleras torpezas como lo exhibido por los noveles neosocialistas, siguiendo las imborrables pautas del compañero Maduro, nuevo líder regional del socialismo del siglo XXI.

Paralelamente, mientras funcionarios del régimen defienden las sabatinas como imprescindibles eventos que aseguran la revolución, Correa las considera de su propiedad personal y mercancía negociable con la oposición. Presenciamos también sus habituales exabruptos, algunos de los cuales agreden a seres que solo deberían inspirar compasión y solidaridad. Podría incluso considerarse una inocente y humorística perogrullada la de afirmar que las carreteras no se construyen con latas de atún, pero hay quienes creen, malévolamente, que son espasmos de su jactanciosa erudición. Lo único cierto es que la imagen de un gobierno se labra también con subproductos como las pequeñas o grandes tonterías de las que sus autores son incapaces de prescindir.

colaboradores@granasa.com.ec

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