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Como explicar a Trump

Pase lo que pase con su candidatura, los estadounidenses y el resto del mundo estarán mucho tiempo preguntándose cómo fue que ocurrió el fenómeno Trump. En EE. UU. los partidos políticos no deciden quién se presenta a elecciones, sino básicamente grupos de funcionarios que organizan el proceso de elegir el candidato del partido y trabajan para que este obtenga triunfos en las elecciones. Los candidatos en sí son independientes y deciden por sí mismos si se presentarán a elecciones, según la confianza que tengan en poder ganar (o lo que digan las encuestas) y su capacidad de obtener los fondos necesarios. Hasta para un candidato perdedor, la publicidad que atrae la campaña puede significar el contrato para un libro, un trabajo en TV o una carrera bien pagada como conferenciante (incluso las tres cosas a la vez). Trump se presentó por su renombre. Un constructor rico y famoso, que dio su apellido a toda clase de edificios, protagonista de un “reality show” que estuvo mucho tiempo en horario central: un imán para la cultura popular estadounidense. Sabía que con un sistema de partidos como el de EE. UU., podía tomar él solo la decisión de competir para ser candidato del Partido Republicano, y que ninguna estructura partidaria podría detenerlo (o al menos es lo que espera, si llega a la convención de Cleveland de mitad de año sin los delegados suficientes para asegurar la nominación). Trump supo leer el espíritu de los tiempos: apeló al malestar de la clase trabajadora (la más perjudicada por tratados de libre comercio como el Nafta, que alentó a las empresas estadounidenses a llevarse sus fábricas a México y dio a los empresarios que se quedaron poder de negociación para reprimir los salarios), relegada por la conversión de una economía fabril a otra basada en la información. Trump habla pestes del Nafta y promete que como presidente puede lograr acuerdos mucho más favorables a los trabajadores. Y desde muy temprano basó su campaña en la xenofobia, llamando a los inmigrantes mexicanos “violadores” y “asesinos”. No es coincidencia que tanto Trump como Bernie Sanders (adversario de Hillary Clinton en la interna del Partido Demócrata) den tanta importancia al tema del comercio internacional: ambos cabalgan a lomos de una revuelta de la clase media. El desempleo entre los graduados universitarios recientes (electorado clave para Sanders) es 12 %, mientras que la mayoría de seguidores de Trump tal vez no fueron a la universidad, y si perdieron sus empleos por un tratado de libre comercio (o piensan que fue así), no recibieron lo que les prometieron (o tienen empleos cuyos salarios no cambiaron en años). Además, la campaña de Trump tuvo un tufillo fascista desde el inicio: he aquí un hombre fuerte que quitará las barreras que impiden a sus partidarios progresar, que mejorará sus vidas solo con la fuerza de su voluntad. Atizar la violencia es uno de sus instrumentos para ganar poder y si llegara a ser presidente es casi seguro que la capitalizará como herramienta para conservarlo. El “establishment” republicano está aterrorizado; su único objetivo ahora es evitar que Trump consiga suficientes delegados para la nominación. Pero tal vez esté demasiado dividido y debilitado para lograrlo. Además, saben que si lo hacen podrían desatar una rebelión entre sus seguidores. Temen que se haya soltado algo que nadie puede detener.
Project Syndicate