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Elecciones en Estados Unidos
Como en pocas ocasiones en la historia reciente, el electorado americano mira con marcado desdén a los candidatos que habrán de disputar la presidencia del país.
Los valores negativos reflejan, por una parte, la sospecha de que la Sra. Clinton, la primera mujer en la historia que alcanza la nominación de un partido, ha evidenciado poco criterio, tanto en cuanto al buen resguardo de las comunicaciones oficiales secretas, como por el cobro de altos valores por sus discursos y presentaciones. En el caso del candidato republicano, Donald Trump, los insultos gratuitos contra las mujeres, los inmigrantes hispanos, los musulmanes y su virtual abrazo ideológico con el presidente ruso han creado un aura de negatividad que supera con creces la aceptación del magnate, hoy convertido en político.
La polarización del electorado ha venido aumentando de tono. El rechazo al convencionalismo explica el triunfo del “outsider” que, en forma contundente, se apoderó del partido y venció a candidatos de mayor estatura, como el gobernador del Estado de Ohio, quien no solo rechazó la oferta de la vicepresidencia, sino que se ausentó de la convención. Similar rechazo mostró el excandidato Ted Cruz, quien igualmente negó su apoyo. Hubo manifestaciones contra los procedimientos de voto para dar libertad a los delegados a elegir al candidato más apto. Y el expresidente Bush se quejó de que con la nominación de un candidato tan controvertido, él temía ser el último presidente republicano.
Al momento, el cálculo del conjunto de las encuestas de opinión es que la Sra. Clinton tiene el 76 % de probabilidad (era 60 % en junio) de ganar las elecciones. La cifra no es predictiva, pero sí marca tendencias fuertes. Cómo evolucionen los resultados dependerá de la fuerza de los mensajes (que desde la plataforma de Trump serán enteramente negativos), del desempeño en los debates (disciplina en la cual la candidata demócrata es una oponente formidable), y de la afluencia de votantes de las minorías asaltadas por la retórica de Trump a las urnas, para demostrar el rechazo a un candidato que, por decir lo menos, es un elemento impredecible, cuyo temperamento no encaja en el perfil de los presidentes contemporáneos.