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A don Jorge Vivanco Mendieta, a un mes de su sentida partida
don Jorge, en el primer mes de su ausencia en esta vida terrena, quiero acercarme a usted y rendirle un homenaje tardío pero sentido, apoyado en este idioma nuestro que lo manejó con singular maestría y elegancia; quiero viajar a la velocidad de la luz, montado en estos modernos electrones, para llegar allá donde usted ahora mora y darle el abrazo fraterno que no pudo nacer aquí en la Tierra, pues me recuperaba de una intervención quirúrgica.
Supe de su partida por los sistemas de comunicación regulares. Recorrí entonces, en ese largo y penoso día, mi estancia laboral en EXPRESO con usted como figura central. Reverdecieron en mi mente sus consejos, sus felicitaciones y sus regaños que claramente comprendí iban en mi beneficio. Su despacho estuvo siempre abierto para atender mis dudas e inquietudes, me oía con paciencia, analizaba mis palabras y soltaba las suyas sin cortapisas ni mezquindades.
Enraizada en mis recuerdos, de la época en que en EXPRESO pretendí (¡qué vanidoso!) ser émulo de don Miguel de Cervantes y Saavedra, está su sencillez, don Jorge; valor humano este que actualmente luce utópico en nuestra existencia.
Don Jorge, yo sé que los espacios son tesoros en la prensa escrita, así que debo dejar de expresar muchas cosas que a usted lo enaltecieron. Pero le aseguro que cuando nos veamos allá arriba publicaremos un diario con infinito número de páginas.
Raúl Ávila