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El dilema de los vendedores ambulantes de via a la costa
Mientras para algunos generan desorden e insalubridad; para otros, estos les permiten ahorrar. El punto más crítico está en los exteriores de Puerto Azul.

“Estamos molestos, realmente hartos de pagar por vivir en una zona residencial, que de eso no tiene nada. Nos estamos convirtiendo en la Bahía. Hay trapos por donde sea y asimismo algodón de azúcar, churos, canguil, morocho y piñas en las veredas”, se queja Carolina Medina, de la ciudadela Puerto Azul en la vía a la costa, donde cada vez más se intensifican las quejas por la presencia de los vendedores ambulantes.
“No compres en las calles de esta arteria, estás dañando el sector atrayendo a más vendedores que no respetan las normas”, publican los usuarios en una especie de campaña que han lanzado en las redes sociales para compartirla con sus vecinos y así frenar un problema que, advierten, ha incrementado la inseguridad e insalubridad en la zona. “Cada día hay más gente extraña”.
Desde muy temprano, cuenta Guillermo Ayala, presidente del comité promejoras de la ciudadela Puerto Seymour, es posible ver decenas de autos convertidos en “mercados ambulantes que afean los exteriores de los vecindarios”, sin importar la hora ni el día.
“Hasta los domingos los vemos estacionados, incluso ahora vienen a ofrecer antigüedades”, sostiene el también miembro de la Federación de Urbanizaciones de Vía a la Costa, que tiene mapeados los sitios donde los comerciantes se estacionan: en las afueras de la gasolinera del kilómetro 11, de al menos tres plazas comerciales y de los complejos habitacionales Arcadia, Terranostra, Belo Horizonte y Puerto Azul, donde, en comparación al resto de puntos, la venta de artículos es más notoria.
Allí, justo a la altura de la puerta número 2, en el carril de servicio, al menos durante cinco días de la semana y a lo largo de siete horas (entre las 14:00 y las 21:00), doce mujeres se colocan sobre la acera para exhibir sobre el césped ropa, juguetes y zapatos.
“A veces hay un caos tremendo porque los peatones se lanzan a comprar sobre la vía y los vehículos se estacionan a negociar, agudizando el congestionamiento”. Puerto Azul, explica Gustavo Delgado, presidente del comité, se ha convertido en el punto más crítico porque tiene una población flotante de 3.000 personas (entre empleados y personal de construcción) que entran y salen a diario, al igual que los casi 9.000 autos que se desplazan por las tres garitas del vecindario.
“Al tener obstáculos en la calle, todo se nos complica. Hemos pedido al Municipio que incremente los controles y aunque los hace prácticamente a diario, todavía hacen falta más”. Incluso es necesario, sentencia Delgado, que la Comisión de Tránsito del Ecuador (que tiene a cargo el control de la arteria) no permita más que aquellos vehículos que abren sus cajuelas para vender hasta coco y queso, se estacionen en el entorno.
“Vemos que los multan, pero siguen estando aquí. Por eso, lo único que haría que se vayan es que no les compren”, agrega Carlos Pástenes, administrador de Vía al Sol, quien precisa que ese tipo de conductas que -advierte- son permanentes, solo evidencia que la vía a la costa sigue siendo “tierra de nadie”. “Jamás nos toman en cuenta, es como si no fuéramos parte de Guayaquil. Lo hemos dicho una y otra vez”.
Sin embargo, para otros usuarios es positiva la presencia de estos comerciantes, quienes afirman estar ahí por necesidad.
Y no solo porque es posible comprar los alimentos más baratos que en el supermercado, lo que les permite ahorrar, como cuenta el residente Manuel Avilés, de la urbanización Torres del Salado; sino porque no hay necesidad de hacer cola para ingresar a una de las plazas comerciales del perímetro.
“Si quiero un bocado, apenas me estaciono unos segundos”, dice. Mientras que Juan Pablo Delgado, de Belo Horizonte, está de acuerdo con él al apuntar que los informales, además de no generarle ningún inconveniente, le ponen algo de color al sector. “Ellos solo quieren trabajar”, defiende.
Pástenes y Ayala lo comprenden, pero dejan claro que hacerlo allí no es lo idóneo. “La ruta, la vía de servicio, jamás fue creada para ello. Queremos orden y tranquilidad, que fueron los factores por los que pagamos para vivir en esta zona”, coinciden.
Respecto al tema, vendedores como Darwin Rodríguez y Galo Aranea, quienes desde las 09:00 se sitúan a lo largo de la ruta para vender legumbres (su ubicación varía, según dónde se encuentren los policías metropolitanos), se limitan a decir que no son los causantes de la basura que pueda encontrarse en la calle o los sumideros, que ha sido otra queja constante. “No queremos líos con la gente, peor aún que nos saquen y por eso somos sumamente cuidadosos. Limpiamos todo. Hay gente que nos busca, solo pedimos un poco de espacio para seguir laborando”, expresa Aranea.