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Despues de nosotros: el diluvio

La expresión es atribuida a madame de Pompadour, amante de Luis XV, quien bien pudo haberse referido al caos revolucionario que sobrevendría luego de la terminación de la dinastía de los Capeto, o, alternativamente, a la exclamación “¡qué nos importa lo que venga luego!” En el tiempo presente de Ecuador a la primera acepción hay que darle la vuelta pues es la revolución la que dejará al país en el caos; y respecto de la segunda, es la actitud de desprecio que prima en el manejo fiscal, y conforma la herencia del gobierno venidero: la tierra desolada, regada de sal.
La catástrofe fiscal tiene entre sus orígenes la destrucción de la actividad hidrocarburífera. El Ecuador petrolero dejó de existir bajo la cantaleta de la “soberanía” que instituyó el régimen en los contratos de servicio. La falta de visión y de idoneidad ha dado como resultado el que se tripliquen los costos directos de producción (de $9 a $30 por barril) y el doble de ello en el Yasuní.
Si hace una década un barril de petróleo de $25 era suficiente para estimular la economía, hoy con $50 el balance petrolero sería negativo. No obstante suene increíble, a ese precio los ingresos obtenidos por concepto de las exportaciones de crudo y la venta de derivados suman $ 9.945 millones y los gastos por concepto de costos de producción e importación de derivados $10.145 millones, esto es un déficit de $226 millones. A $35 el déficit es casi 10 veces mayor y la actividad se torna más lesiva pues las pérdidas acarreadas demandan más endeudamiento. Las supuestas dádivas, en definitiva, deben ser pagadas, mientras sigue la farra del desperdicio fiscal.
El petróleo es usado para poner al país en camisa de fuerza, hipotecando el futuro en forma irresponsable. El préstamo reciente de $2.000 millones es, como todas las otras operaciones de petróleo con China, un crédito oneroso (con 7 % de interés en promedio) que no obstante requerir la garantía soberana la ignora. Es un financiamiento atado a un comprador ficticio de petróleo, comprador que es intermediario pero asume sin embargo la condición de agente fiscal y financiero de la República, y goza de la entera libertad para comprar todo el petróleo por el que opte en condiciones generosas pues se le ha otorgado la posición de monopsonista. El precio pactado por barril se basa en el WTI, menos un descuento por densidad y acidez, más un premio que puede variar entre $0,25 y $1, sin que se contemple hacer las respectivas verificaciones de las condiciones de mercado a través de ventas paralelas.
El comercio petrolero queda así cartelizado y dependiente, al igual que tantas otras actividades que han visto surgir a los nuevos megagrupos económicos cuyo sustento lo constituyen los contratos amarrados, otorgados a dedo, pues se vive en permanente emergencia, favoreciendo el tipo de negocios que tienen el ya reconocido tufillo maloliente de Petrobras.
Se puede concluir que, a la manera de la Pompadour, el país queda en soletas y condenado a vivir en calidad de zombi, luego de haber sido narcotizado por la propaganda, el boato, y los milagros de pacotilla.
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