El desastre en la campana de Trump

Donald Trump, el candidato presidencial del Partido Republicano de Estados Unidos, ha vuelto a hacer ajustes en la organización de su campaña, revelando con ello más de sí mismo y su estilo de gestión de lo que quisiera que la gente viera. Pocas campañas presidenciales han tenido un cambio de equipo tan caótico como esta. Hoy encabezan ese equipo dos personas que nunca han estado a cargo de una campaña presidencial y cuyos instintos políticos se contradicen entre sí. Kellyanne Conway, su nueva gerente de campaña, una especialista en encuestas electorales que por años ha analizado datos de estudios de la derecha republicana convencional y que durante las primarias republicanas trabajó para el “súper PAC” que apoyara a Ted Cruz -el encarnizado rival de Trump-, es una republicana convencida e inteligente, de quien se puede esperar una influencia constante y sensata en la campaña. Si logra imponerse (y si Trump puede atenerse a una línea temática) veremos un candidato republicano más razonable. Pero por otra parte está Steven Bannon, director ejecutivo de campaña, que hace presagiar de todo menos constancia y sensatez. Bannon era jefe ejecutivo de Breitbart News, una publicación en línea de extrema derecha e hipernacionalista (promueve la superioridad de la raza blanca) y es conocido por ser un nihilista combativo que no se detiene ante nada con tal de ganar. Su nombramiento dejó boquiabiertos a los republicanos tradicionales. Trump, que según las encuestas de agosto se encuentra muy a la zaga de Hillary Clinton, ha estado recibiendo presiones cada vez mayores para acercarse a los cuadros dirigentes del Partido Republicano. A menos que adopte un enfoque más tradicional, no podrá atraer a los votantes blancos de los suburbios, un electorado clave que sigue estando en el aire. Las primeras señales sugieren que Conway está suavizando algunos de los rasgos más ásperos del candidato. En contraste, parece que Bannon quiere dejar que “Trump sea Trump” y apoyar su rechazo a abandonar la controvertida retórica de las primarias hacia una actitud más “presidencial”. Hay pocas razones para pensar que el reordenamiento de su plantilla genere un candidato renovado y más coherente. A lo largo de la campaña ha vacilado mucho entre el buen porte y la belicosidad, algunas veces dentro del mismo día. El nombramiento de Bannon sugiere que está desesperado, asustado y confundido. Si bien no está tan claro cuánto desea llegar a presidente, sí sabemos lo mucho que detesta perder. Y, sin embargo, no parece entender los aspectos básicos de la política presidencial, ni la diferencia entre primarias y la campaña principal. No parece enterarse de que lo que dice a sus ardientes seguidores también llega a un público mucho mayor y menos empático. Esa es una de las razones clave de que sus índices bajaran tanto en agosto, entonces hizo lo que suelen hacer los candidatos en problemas: cambiar de equipo. Bannon reemplazó a Paul Manafort, cercano a las élites que detesta y que había intentado fortalecer los lazos de estas con Trump.

Aún no termina la campaña presidencial de 2016, por lo que sigue siendo posible que Trump acabe por llegar a la Casa Blanca. Su poco tino para tratar con las personas, que ha quedado tan en evidencia en las últimas semanas, es otra razón que subraya lo peligrosa que es esta posibilidad para la democracia estadounidense.

Project Syndicate