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Cultivo de las artes
Somos una sociedad dominada por el consumismo y la banalidad. Nos impresiona más el “brilloso” que el brillante. El Estado, la sociedad y la familia han olvidado la importancia que tiene la enseñanza y el cultivo de las artes, semillas de cultura, de excelsitud del espíritu, capaces de canalizar las energías sociales hacia el terreno de la comprensión, la hermandad y el progreso.
Las artes definen a la humanidad. ¿Qué inmortalizó al mundo Helénico en la historia? ¿Sus Olimpiadas? ¿O es por la obra de Aristóteles, o de Sófocles, que recordamos a ese pueblo balcánico? Lo que perpetúa a las civilizaciones pasadas es su ejecución cultural y artística. Si admiramos hazañas en ingeniería, las termitas, abejas y hormigas las han hecho con notable perfección, pero no han podido crear un Picasso o un Beethoven.
Si hablamos de una formación cabal de la niñez y juventud, para que se conviertan en seres humanos creativos, analíticos, que sepan resolver eficientemente los problemas que les presentan sus diferentes actividades, la enseñanza y conocimiento de las artes son esenciales.
El cultivo del espíritu no tiene la misma rapidez que la creación de una obra material, pero su huella social es profunda e indeleble. En pocos meses pueden levantarse moles de cemento, pero en instantes pueden ser destruidos por la furia de la naturaleza. En cambio los logros del alma, cuando echan raíces, cuando se alimentan continua y diariamente, son indestructibles. Son como un regalo, una recompensa a los sacrificios y renunciamientos que demandaron.
Por ello debe fomentarse en el hogar, escuelas, colegios y universidades, el amor a las artes. El Estado tiene el deber ineludible de preocuparse responsablemente del fomento y desarrollo de todas las expresiones del arte, abandonando ese prejuicio “indigenista” actual y universalizando el concepto.
¿Y qué decir de la empresa privada? Bien por su apoyo al deporte; ¿y las artes? Su respaldo al fútbol hará que nuestra juventud conozca hasta el color de la ropa interior de Messi, pero seguirán ignorando quien fue Chopin, Rodin o Verdi.