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Una ciudad de testigos

Mi nombre es Consuelo Vergara. Soy ama de casa. Tengo 59 años.

   La Atarazana. Italia Castro representa la postal de los barrios guayaquileños: gente que mira y habla al otro lado de las rejas de su casa.

Mi nombre es Consuelo Vergara. Soy ama de casa. Tengo 59 años. Vivo a dos cuadras de Diario El Universo, al sur de la ciudad, donde apenas el lunes mataron a uno de sus periodistas por robarle un celular, Robert Salazar. Supe que había un crimen cuando vi a dos patrullas pasar por la ventana. Aquí nunca se ve a la policía. O bueno, se ve poco, le diré a EXPRESO. Uno pierde la noción de si pasan o no. Por eso, aunque vivo en la zona hace menos de un año, me quiero ir. Tengo dos nietos que no conocen el parque ni me atrevo a llevarlos a conocerlo. Soy vieja y ellos niños. ¿Quién nos va a defender? Tengo en la sala un reloj con alarma para esperarlos en la puerta de la casa a medio abrir porque hace unos meses asaltaron a unos estudiantes mientras esperaban que les abrieran. Cíteme: “da pánico vivir así, encerrado en la casa de uno, de noche y de día porque afuera roban. O matan. Así está toda la ciudad”.

La declaración se recoge a pocos metros de la escena del crimen (más información, página 17) que devolvió las alertas a la inseguridad, desplazada por la crisis económica como la principal preocupación de los guayaquileños, según encuestas. El conteo oficial de homicidios en la ciudad, actualizado hasta mitad de año, da cuentas de casi 100 muertes. Y el robo a personas fue denunciado en más de 7 mil ocasiones durante los primeros 10 meses de este año. Todos; registros a la baja.

Mi nombre es Manuel Bustamante. Tengo 40 años. Trabajo como guardia de seguridad en La Saiba desde hace cuatro años. Casi cinco. El único día que falté al trabajo, hace dos meses, robaron esta casa, la amarilla. Hoy tiene tres candados en una puerta exterior metálica que da al pasillo de entrada, donde espera una puerta de madera sin candado, pero reforzada con seguridad por dentro. Así pasa la casa en el día y en la noche. Porque el día que falté robaron por la mañana. Sí, iban armados. Y gracias a Dios no le pasó nada a nadie. Pero desde entonces los vecinos se organizaron, pagaron otro guardia por la noche. Y llegan temprano. Aquí en la noche no se sale. Toque de queda. Cuando vengo a trabajar no tengo miedo. Uso un machete y un fierro. Y rezo. Cíteme: “la inseguridad es terrible. Así es todo Guayaquil, por donde uno mire”.

La estimación oficial de guardias en Guayaquil es de más de 20 mil. Esto es casi tres veces la cantidad de policías en la zona. Las cifras de la ciudad dan cuentas de un Guayaquil preocupado por suplir en el sector privado los huecos que deja el público.

Mi nombre es Italia Castro. Tengo 69 años y hace 55 que vivo en La Atarazana, al norte. Vi el cuerpo de la mujer que mataron por no dejarse robar el bolso, hace un par de semanas. Fue a tres cuadras. Yo venía del Policentro. Y como no me gustan los muertos apuré el paso y me encerré porque uno piensa que el que hizo eso puede seguir por allí. Vivo a media cuadra de la UPC. Pero igual no salgo de noche. A veces uno piensa que en este país se acostumbran a todo. Yo ni me había puesto a pensar que no salgo a caminar casi. Y el médico me lo recomendó. Pero es que aquí no hay comité de vecino que funcione ni policía suficiente ni gente que ayude. Yo mismo he cerrado la ventana cuando escucho algo raro. Porque uno quiere vivir. Y no es que roban nomás, es que matan. Cíteme: “cada vez que escucho una moto o una bicicleta le pido a Dios que me proteja. Porque así roban aquí, en moto”.

La Policía de la zona como en tantos otros barrios ha organizado a comunidades desorganizadas para la activación masiva de botones del pánico. Pero no hay más iniciativas. En este sector, como en tantos otros, los niveles de desorganización civil mantienen a la deriva cualquier solución que se intente. Para confirmar la regla, la excepción, ayer en Urdesa, la junta barrial hizo entrega de un teléfono comunitario a la unidad de Policía. Urdesa es un raro espécimen de organización barrial, donde los vecinos han identificado a los vigilantes informales, han plagado de cámaras privadas de vigilancia las zonas públicas para monitoreo y control y se difunden planes y responsabilidades de seguridad. Tal vez por eso, en este circuito policial, siempre según las cifras oficiales, los delitos se redujeron 35 % en el último año.

Mi nombre es Miguel. O tal vez no. “No me pregunte eso que me va a meter en problemas”, confesaré a este Diario cuando me pida identificarme. Vivo en la calle Venezuela, en el oeste de la ciudad, cerca de donde mataron hace un año a una profesora embarazada de gemelos. Nos impactó mucho la noticia porque mis hijos iban a la escuela donde ella trabajaba. Pero las cosas andan más tranquilas, uno anda con más cuidado. Me acordé de ella con la muerte del periodista. A ella, la profesora, también la mataron por robarle el celular.

En esta ciudad llena de barrios con testigos accidentales de un crimen violento, tarde o temprano las noticias vuelven a repetirse.