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Cinismo y temores

Existe cierto patrón seguido por las revoluciones latinoamericanas de las últimas décadas: derrochan cautivantes y almibaradas palabras, acompañadas de agravios e inculpaciones al actual estado de cosas; presumen de conocedores de la historia, emitiendo verdades a medias para apropiarse del pasado inmediato de cada país; prosiguen ofreciendo seguras metas que luego envejecen como proyectos irreales; el grito libertario, rebelde y reivindicador, lo musicalizan, y para todo ello hacen gala de una alta dosis de cinismo o de voluntaria ignorancia que les impide ruborizarse después de cada traspié. Obviamente, se requiere de la presencia de una clase social desamparada y vulnerable, fácil de convencer por los cantos de sirena. La receta no falla, la revolución sobreviene con variadas violencias y los demagogos que la impulsaron se encaraman al poder, importándoles un bledo que el fracaso corone su aventura con todas sus secuelas negativas de un subdesarrollo global y frustrante. Extrañamente, sobrevive en buena parte de los responsables el cinismo que les permitirá reinventar cualquier otra argucia o disfrutar, impunes, de los beneficios económicos generados por la revolución. Compruebe lo que asevero con solo enterarse de noticias de prensa o escuchar a Maduro, a Diosdado Cabello, a Cristina Kirchner y a unos cuantos líderes revolucionarios latinoamericanos.
Al parecer, Maduro aún no entiende que ha sido repudiado por una inmensa mayoría del pueblo venezolano y cree que su aplastante derrota electoral fue un golpe de Estado. Por su parte, Cabello rebautiza a los pocos asambleístas chavistas como el “bloque de la patria”, esperanzado en reintentar con frases grandilocuentes y sin significado alguno una fracasada revolución. Son, como todos los de su especie, un caso perdido que no cesa de burlarse de la gente humilde ni de agredir a la inteligencia de los demás, entendiéndose por “los demás” al país que los ha despedido.
¿Se acerca el Ecuador al mismo desenlace venezolano? Esperemos que la derrota que se les avecina marque el fin de la opereta revolucionaria. La firmeza e inflexibilidad exhibidas por Correa en sus primeros años de gobierno, han sido reemplazadas por la iracundia y la hostilidad, pero mientras estas más se acentúan, más errados resultan ser sus prematuros vaticinios. En verdad, Correa nunca ha dejado de estar en campaña electoral, por prohibida que esté. Tal prohibición solo regía para “los demás” y la contravención se convirtió en costumbre.
Las sabatinas, adoptadas por el correísmo en Ecuador como informes gubernamentales, han culminado en un tedioso monólogo de autoalabanzas y en un mecanismo de agresión a aquellos medios que nuestro presidente describe groseramente como corruptas cloacas, mientras se queja de los insultos y calumnias proferidos por la oposición. Tal violencia podría esconder un soberano temor presidencial a su derrota final .
Decidí presenciar en la TV una de sus últimas sabatinas y el resultado siguió siendo el mismo: nuestro mandatario es irresistible. Anunció ser uno de los gobernantes más populares de la región; que nuestro país casi iguala a Venezuela en cuanto a equidad social; se quejó del odio y la “cizaña” propagados por la oposición (el turno fue para Pachakutik) y dedicó gran parte de su paternalista alocución a pedir que no se arroje basura en calles, solares vacíos y playas de nuestra península. Fue pueril o pretendió burlarse de todos cuando, para probar que no existe desempleo alguno en el país, preguntó solemnemente a los asistentes (en su mayor parte empleados públicos y sus familiares ) si alguno de ellos estaba desempleado. Pidió, a su manera, el voto de los ecuatorianos y auguró el triunfo por 3 a 1 del oficialismo. Lo hizo, como ha sido usual, utilizando recursos públicos y escudado en la inimputabilidad garantizada por un Consejo Electoral que acaba de dictar un reglamento prohibiendo que los ciudadanos abran la boca por el resto de sus vidas, si tratan de actuar en política. ¡Vaya cinismo!
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