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Un cauteloso regreso a Raqqa

A mediados de octubre, las Fuerzas Democráticas Sirias, una milicia predominantemente kurda con respaldo de Estados Unidos y vínculos con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en Turquía, “liberaron” mi ciudad, Raqqa, de los combatientes de Estado Islámico (ISIS). Los árabes, mayoría en la región, tuvimos poco que ver con la expulsión de ISIS. En una ciudad cuya población local lleva mucho tiempo relegada a la condición de ciudadanos de segunda, el triunfo del Partido de la Unión Democrática (PYD, rama siria del PKK) generó temor a que la historia se esté repitiendo.

Los activistas de Raqqa siempre dijimos que nuestra malograda ciudad es una “colonia interna”, por su larga historia de marginación económica, política y social a manos de los gobiernos sirios. A principios de los 70, Raqqa, por entonces pequeña y pobre, lograba de algún modo avanzar y florecer. Se multiplicaban las escuelas y crecía la asistencia a clase; otros servicios públicos también mejoraban, y los padres creían que sus hijos tendrían vidas más prósperas que ellos y las generaciones anteriores.

Es lo que sin duda pensaban mis padres, que hicieron grandes sacrificios para criar a sus nueve hijos. No los alegró que en los 70, los mayores nos hiciéramos comunistas, férreos opositores al régimen brutal de Hafez al-Assad (padre del presidente Bashar al-Assad). Pero no era una transformación tan extraña en una ciudad cuya gente en aquel tiempo adoptaba identidades nuevas (por ejemplo, nasseristas, baazistas, islamistas o comunistas) en detrimento de sus orígenes regionales y tribales.

Cuando en 1980 me arrestaron, siendo estudiante universitario en Alepo, el futuro que mis padres habían imaginado comenzaba a desvanecerse. Cinco años después, otro hijo fue arrestado, y otro lo siguió al cabo de seis meses. Nuestra madre murió de cáncer con nosotros tres en prisión, algo para nada inusual en la Siria de aquel tiempo. Éramos parte de los muchos, de todo el arco político e ideológico, a los que se arrestaba y torturaba por osar oponerse al régimen de Assad. Los sirios padecíamos una represión salvaje; la gente no tenía derecho a reunirse o tan siquiera discutir lo que sucedía en público; el país se había convertido políticamente en un erial. No salí de prisión hasta 1996, a los 35 años de edad.

A mi regreso a Raqqa, después de 16 años tras las rejas, quedé desolado al ver lo que el régimen de Assad (26 años en el poder) le había hecho a mi ciudad. No había vestigios de vida política, ni debates públicos, ni jóvenes hablando de los libros que leían o las películas que veían. El libre albedrío de los sirios había cedido paso al culto de Hafez. Las imágenes del anciano Assad estaban por doquier; una de las primeras visiones que tuve al salir de la prisión fue una enorme estatua del presidente. Los muros estaban cubiertos de citas insulsas sacadas de los huecos discursos del “maestro de la nación”. Raqqa decaía a pasos acelerados, y su desesperación se intensificaría en el decenio que siguió. En 2007, hasta Abdullah Dardari, vice primer ministro de asuntos económicos y gran arquitecto de las reformas económicas de Siria, describió Raqqa como una ciudad abandonada. La llegada de ISIS sólo aceleró la colonización de mi efímera metrópolis. Triste es decirlo, pero incluso ahora que ISIS no está, la sensación de sitio permanece. La ciudad está bajo control de las fuerzas occidentales y de sus aliados, la milicia del PYD, cuya verdadera lealtad es hacia sus líderes en Turquía.