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Diario Expreso Ecuador

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Los asientos de la mala educacion

EXPRESO comprueba que las plazas para grupos vulnerables no suelen respetarse en buses urbanos.

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Ruedan a trompicones y culebrean a sus rivales para cazar pasajeros a la carrera. Los resueltos suben. Los timoratos se quedan en tierra. El tráfico es tan asfixiante como el humo que los tubos de escape fumigan en la calle Ismael Pazmiño.

El hedor a sudor de obra, a esfuerzo sin recompensa, se impregna en los huesos de un bus de la línea 49, que cubre la ruta entre el centro porteño y Flor de Bastión. Son las 17:30. Y los ocho asientos amarillos para grupos vulnerables (personas con discapacidad, de la tercera edad y embarazadas) están ocupados.

Hace diez meses que la Autoridad de Tránsito Municipal (ATM) exigió la implantación de estas plazas, en la parte delantera de las unidades, a las cooperativas de transporte urbano. El objetivo era facilitar la movilidad de los más desprotegidos. Para entonces, la Metrovía ya contaba con ellas.

Pero hoy, solo una adulta mayor, cuya tristeza se arrastra por el piso mojado a causa de un impertinente aguacero, pertenece a este ‘exclusivo’ séquito. El resto son dos parejas de adolescentes, anudadas de labios y manos; una secretaria que abraza su cartera de polipiel como si portase el tesoro de Atahualpa; y dos fortachones de panza arrocera.

El conductor se detiene en la 10 de Agosto, donde decenas de personas se apiñan junto a las compuertas del vehículo. “¡Apúrense!”, berrea entre los pitazos de sus colegas.

William Rivera, un lotero de 54 años, trepa las escaleras apoyado en el garfio de su bastón. Padece un 50 % de discapacidad, fruto de un infarto cerebral que le restó agilidad en el costado derecho. Al alba, atraviesa la ciudad desde el noroeste para ganarse el sustento. Y en la tarde, con la camiseta empapada y los ojos hinchados como pelotas de tenis, regresa exhausto a casa. Cada día pasa dos horas a bordo.

El hombre toma aire unos segundos al lado del cobrador, los suficientes para enervar a un par de aguadores y desnudar la pasividad del chofer y de quienes se apoltronan en las sillas reservadas. “¡Vayan atrás!”, vociferan los vendedores.

William resiste. Y la fortuna le sonríe. El fugaz inquilino de un asiento limonado se apea por la puerta trasera. “Nadie te lo cede por iniciativa propia. Hay que pedirlo. Y si reclamas, algunos se ponen bravos”, destaca crispado.

La suerte es más esquiva con Nelba García, una conserje de 63 años que aferra sus manos callosas a una argolla para no estamparse contra el suelo por el traqueteo. Ella también padece a diario esta realidad. “En la Metrovía te los dejan porque el chofer recuerda por el altavoz que son espacios reservados. Aquí, no. A menudo vas cargada de paquetes y algunos se hacen los dormidos. Falta educación”, atestigua.

Las escenas, como tuercas recién salidas de la fresadora, se repiten en una unidad de la línea 21, que conecta el corazón de la urbe con La Florida. Dos mujeres incluso aprovechan para echar un sueñecito. Y el conductor, igual que su colega de la 49, calla.

María Gutiérrez, de 64 años, agarra el único hueco libre de la zona delantera al enfilar la calle Rumichaca. Muchas veces le toca ir de pie hasta la última parada, pero no tiene claro si fijar sanciones contra los “insensibles” sería efectivo: “Esto es algo cultural. No creo que funcionase”.

Tras haber sufrido asaltos en sus recorridos, varios infractores confiesan que se adueñan de las plazas para preservar su integridad. “Me siento más seguro yendo cerca del chofer. Y si viene alguien impedido, me levanto”, asegura un imberbe rapero. Otros, sin embargo, reconocen su indolencia. “Lo hago por comodidad. Si hubiera sanciones, me pondría las pilas”, señala. Ninguno quiere identificarse.

En la línea 108, que circula desde Mapasingue al casco comercial, no son más afables. A las 18:30, el bus parece el coso de una plaza de toros en un recital de Marc Anthony. Así que al franquear la calle Luis Urdaneta, Alfredo San Lucas, un jardinero de 80 años que aún trabaja ocho horas diarias, sortea oponentes hasta el fondo. Allí, aliviado, se hace con un asiento.

Viste de luto. Y sus rodillas lloriquean con frecuencia. Pero no se malhumora cuando le racanean la cortesía. Ni siquiera repara en el pelado que, para promocionar sus dulces, grita tener “cara de ladrón”. Prefiere refugiarse en la bachata melosa que resuena por los altavoces y en la sopa que le aguarda en el hogar: “Cuando veo a una mujer con un niño, le cedo mi lugar”. Caballero.

Parlantes a bordo y una “gran campaña”

Desde 2009, las normas INEN dejan clara la directriz a seguir: el 12 % de las plazas debe reservarse a los grupos vulnerables.

Fernando Amador, director de Transporte Público en la ATM, apunta que la Fundación Metrovía implementó los asientos amarillos bastante rápido. Pero las cooperativas de transporte urbano, según él, no reaccionaron hasta que la empresa pública realizó un censo vehicular el año pasado y ordenó su habilitación. Hoy, “el 100 % de los 2.500” buses existentes en Guayaquil los tiene.

Amador recuerda que la ATM no posee las competencias para velar por el correcto uso de estos espacios. Pero está trabajando con las empresas implicadas para que estas instalen “sistemas de perifoneo”. El objetivo es que los conductores, a través de parlantes, anuncien las paradas y llamen la atención a quienes ocupen las plazas de forma indebida, igual que sucede en la Metrovía.

Este mismo año podrían implementarse los equipos, cuyo coste por unidad ronda los 200 dólares, en los 70 vehículos del primer corredor. Así lo anuncia a EXPRESO César Carranza, presidente de la Federación de Transportistas Urbanos del Guayas (Fetug).

Ambos coinciden en que “falta concienciación” social. Pero Carranza no mete en el mismo saco a usuarios y choferes. Exculpa a estos últimos porque deben atender “numerosas cuestiones” en cada viaje y apuesta por impulsar una “gran campaña”, que implique a los ciudadanos en la cultura vial: “A menudo no conocen las normas”.

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