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Amancha, el artista que coloreo todo un barrio

2.000 mosaicos de 14 por 28 centímetros conforman el ‘Gran árbol ecológico’. Estará listo en mayo.

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La primera vez que vio los escalones, se dio por vencido. Era invierno y un lodazal tapizaba los peldaños.

Sus ojos se posaron sobre los baches, las casas despintadas, la luz intermitente del único faro que alumbraba las escalinatas Santo Domingo del cerro Santa Ana.

“Estaba listo para tirar la toalla. No entendía cómo iba a colocar un mural ahí, en esas condiciones. Es una zona llena de carencias, de gente que lucha hasta contra el clima para salir adelante”, relató Gonzalo Amancha, al recordar su primera estadía en el cerro, donde como narró ayer EXPRESO, se instala la que este llama su ‘obra maestra’.

Sin embargo, el acuarelista de 69 años decidió continuar. “Los ambateños”, indicó a EXPRESO, “somos persistentes por naturaleza”.

Para aquel entonces, ya le había dedicado dos años enteros al ‘Gran árbol ecológico’. Meses de investigación habían precedido cada trazo sobre el papel. Su casa en Quito estaba cubierta de libros en los que se detallaba la historia del cerro donde Guayaquil nació.

En él quiso plasmar la naturaleza nativa del lugar.

Tigrillos, loros, búhos y flores fueron tomando forma de a poco. Los colores reviviendo el pasado lejano de un barrio que alguna vez fue verde.

La mayor sorpresa que recibió, no obstante, vino de parte del Municipio de Guayaquil, mientras aún pintaba su creación sobre la cartulina. Este le informó que el dibujo, cubriría 1.100 metros.

“Casi me desmayo. Yo he pintado otros murales, uno incluso en Miami, pero esta es sin duda la obra más complicada que he tenido que elaborar. Es enorme y se tenía que hacer en perspectiva. En el país nadie ha hecho algo similar hasta ahora”, dijo.

Fue entonces cuando tomó la decisión de mudarse a Guayaquil. Alquiló una casa cerca del hospital Luis Vernaza, en el centro de la urbe, desde donde podía caminar a diario hasta el escenario de su futuro lienzo.

Las mediciones matemáticas las llevó a cabo con un equipo de expertos liderado por Tony Moré, un pintor y arquitecto guayaquileño.

“Sin él”, comenta risueño, “habría estado perdido”.

Un año más tarde, el proyecto tomó forma. La obra pasó del papel a la cerámica. Cada una de las dos mil piezas que dan vida al mural, son elaboradas en una fábrica cuencana.

Amancha visita el lugar cada dos o tres días. Sin embargo, cuando llega hasta el cerro, el impacto de ver su propia obra lo deja sin aliento.

“A veces es difícil creer que es mío”.

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