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De allullas y motepillo

El triángulo de intriga semanal nos ofrece otra entrega del culebrón de parodia política originada en la guerra de proyectiles escatológicos entre prominentes actores de la década perdida. Admito que me quedé corto en mi artículo anterior sobre la Cueva de Rolando, pues ni bien publicada la columna saltó el episodio del legislador y el fiscal quienes, a partir de su contienda, quedan en calidad de eunucos políticos.
Uno de los episodios relevantes del inagotable escándalo correísta, el de la farsa del 30 de septiembre, fue tema central comentado por el excontralor, luego de que Baca cayera en la trampa al divulgar el video que recibió misteriosamente de manos desconocidas, pero fáciles de colegir. La historia revela que fue Baca el que armó la trama para justificar la lesa humanidad de Correa quien, según el testimonio del coronel que debió ejecutar el ataque al hospital de la policía, dio personalmente la orden para el asalto al edificio. Fue Baca, como presidente de la comisión 30S, quien ejecutó la orden de echar mano de cuanto chapa se podía meter en la cárcel, y de perseguir a los demás acusados, ninguno de ellos poseedor de la notoriedad requerida para liderar un golpe de Estado. Fue él quien creó la escenografía de una obra de teatro, e hizo patentar la fecha del calendario a manera de fiesta patria para alimentar la pretensión de legitimidad de un sujeto que desprecia el régimen democrático. La farsa, sin embargo, concluyó en tragedia para los muertos, heridos, contusos y perseguidos, víctimas propiciatorias todas y sus familias, cuya revancha les costará muchos años de intranquilidad a quienes armaron el esperpento.
Nombrado a dedo por Correa, Baca tiene tres investigaciones previas en curso dentro de su propia Fiscalía. Es desconcertante para los ciudadanos, y es una muestra clara del deterioro de la institucionalidad, el que las cabezas de entidades que deberían ser respetables estén bajo sospecha, fueren acusados de cobrar emolumentos indebidos a través del servicio de espionaje presidencial, o de presidir sobre incontables escándalos y vendettas que marcaron el correato. El presidente de la Legislatura es un personaje que despierta curiosidad por su habilidad para elevar significativamente su estatura política desde el anonimato de donde emergió. Su actitud es cuestionada en tiempo presente por la conspiración descubierta contra el fiscal, así como por la torpe y cantinflesca explicación que dio para justificar la conversación que tuvo con el excontralor. En tiempos pretéritos, la acusación de intento de secuestro y desaparición de Fernando Balda en territorio colombiano es un tema que lo debe de inquietar. El miércoles se salvó por obra y gracia de las inexplicables abstenciones de los socialcristianos que con sus votos habrían logrado su destitución, pero el omoto queda disminuido al punto de la desaparición del escenario de la política ecuatoriana.
Son personajes impresentables y descalificados, pues, para ejercer liderazgo, se requiere de estatura intelectual, moral y de cultura política, atributos muy diferentes a los de ser miembros de una pandilla de ingrata recordación.