
Saquisilí revive su fe con el tradicional arrastre de banderas en Viernes Santo
Con cerca de un siglo de historia, la ceremonia reúne a la comunidad de Saquisilí en una jornada de profunda devoción
En las calles del cantón Saquisilí, en la provincia de Cotopaxi, el Viernes Santo se vive con una intensidad espiritual que trasciende el tiempo. Desde las primeras horas del día, decenas de fieles se congregan para participar en el tradicional “arrastre de las banderas” o “caudas”, una práctica ancestral que combina fe católica y raíces culturales.
Esta ceremonia, que bordea los 100 años de antigüedad, se ha convertido en uno de los actos religiosos más representativos de la provincia de Cotopaxi. Jóvenes solteros son elegidos como priostes, quienes asumen el compromiso de arrastrar las pesadas banderas que simbolizan el viacrucis de Jesucristo. Durante un año, se preparan física y espiritualmente para cumplir este rol.
El acto inicia con la aparición de las “almas santas”, personajes enigmáticos que recorren las calles con trajes cónicos adornados con flores de papel, generando un ambiente de misticismo. Posteriormente, la banda de pueblo entona marchas militares antiguas, interpretadas exclusivamente en esta fecha, intensificando la solemnidad del momento.
Fe, identidad e interculturalidad
Antes de la procesión, los priostes se reúnen en la iglesia matriz para recibir los símbolos del priostazgo. El sombrero que portan refleja la interculturalidad del cantón, donde predomina la población indígena, mientras que la llave en el pecho representa la fe y la apertura espiritual.

El párroco del cantón, Pedro Casa, destacó el significado de esta jornada como una invitación a reflexionar sobre el sacrificio de Cristo. “Jesús murió por nosotros, no para darnos muerte, sino vida. Hoy contemplamos la cruz con fe y devoción, recordando que su entrega fue fruto de causas religiosas y políticas”, expresó durante la ceremonia.
Para Joel Alexander Rodríguez Vilcaguano, uno de los priostes, participar en esta tradición representa un acto de sacrificio y penitencia. “Es un día triste, pero también de orgullo. Me siento feliz porque cuento con el apoyo de mi familia, sin ellos no sería posible”, manifestó.
Asimismo, hizo un llamado a los jóvenes a involucrarse en este tipo de manifestaciones religiosas. “Es una experiencia que te llena de valor y fortalece la fe”, añadió.
Carmen Susana Cajas, abuela de uno de los participantes, resaltó la importancia de mantener viva la tradición. “Le inculco a mi hijo que siga en la fe católica, porque Dios nos ha bendecido siempre”, señaló con emoción.

Herencia que perdura en el tiempo
Fabián Sampedro, quien fue prioste hace más de tres décadas, recordó que esta tradición ha pasado de generación en generación. “No es una dramatización, es una vivencia real de fe. Nuestros padres también participaron y ahora nos corresponde motivar a los jóvenes para que no se pierda”, enfatizó.
Durante la tarde se realiza el arrastre solemne de las banderas, acompañado de la lectura de las Siete Palabras y la adoración de la cruz. En la noche, el descendimiento del cuerpo de Cristo da paso a una nueva procesión.
En los hogares de los priostes, la jornada concluye con la preparación y el compartir de platos tradicionales como la fanesca, el molo y los higos con dulce, reforzando los lazos de comunidad y hospitalidad.
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