Ciegos, sordos y nos quieren mudos: los políticos de Ecuador y su relación con la prensa nacional
La gente tiene derecho a escuchar a sus políticos siendo interpelados desde una diversidad de perspectivas y así poder formar su propia opinión en libertad

Los funcionarios del Gobierno Nacional se niegan a ir a espacios críticos y guardan silencio sobre temas relevantes.
Lo que debes saber
- Hay periodistas sin acceso a funcionarios, investigaciones suspendidas y profesionales obligados a abandonar su trabajo se han convertido en parte del paisaje.
- Periodistas y medios serían silenciados mediante persecución directa, ostracismo, presiones económicas o exclusión.
- Los ciudadanos deben poder escuchar a sus autoridades siendo interrogadas desde distintas perspectivas y los funcionarios tienen la obligación de rendir cuentas también ante medios y sectores críticos.
Periodistas dirigiéndose a entrevistados ausentes; periodistas mirando fijamente a la cámara para enumerar los días que llevan sin haber recibido a un funcionario como invitado; periodistas contando cómo tuvieron que dejar su trabajo o suspender una investigación. Ya casi que nada de eso es noticia (aunque no lo crean, pocas cosas le gustan menos a un periodista que ser noticia).
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Al igual que la violencia y que ciertos actos de corrupción, el retroceso de la libertad de prensa en este país se ha vuelto poco más que ruido de fondo. Una nueva normalidad para el Nuevo Ecuador.
Y no es que la bronca de los políticos con la prensa sea nueva. José María Velasco Ibarra cerraba medios por deporte. León Febres-Cordero vivía en una riña constante y personal con algunas dinastías periodísticas. Con Abdalá Bucaram tuvimos funcionarios que frecuentemente agredían a los reporteros. Y Rafael Correa prácticamente le declaró la guerra a todos los anteriores. Lo que ahora sucede es novedoso por la facilidad con la que ocurre. Nunca un presidente había encontrado a un gremio tan dividido y a una sociedad tan apática. Parte de la razón detrás de eso está en la polarización.
Política
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Hay un segmento importante de la población, el correísmo puro y duro, que ve a la prensa como al enemigo de su líder, padre y redentor y, por ende, de la patria misma. Y en contraposición a ellos hay otra barra brava que ha celebrado la erosión de los derechos civiles cuando las víctimas de la persecución han sido (o les han dicho que son) correístas. Todavía existe una mayoría que no pertenece a ninguna de esas hinchadas, pero gran parte de ellos terminan teniendo que escoger cuál de esos dos odios validar en las urnas.
Como después de ir a votar, la política le deja de importar a medio país (inclusive o quizá sobre todo a los prohombres), nuestro destino queda sellado por unos años hasta que el ciclo se repite. Y hasta eso los ganadores pueden decir que sus críticos son del otro bando para ganarse un aplauso al perseguirlos.
Otra razón, tal vez la más importante, es que la sociedad se ha olvidado de sí misma, hipnotizada por las pantallas. Muchas personas se sienten satisfechas con poder opinar desde una cuenta anónima, muchas veces hablándole al vacío, sin ninguna influencia. Las redes sociales son, de esa forma, una herramienta terapéutica al servicio del poder. La ciudadanía permanece contenta con un mecanismo de descompresión para sus opiniones y de distracción para su curiosidad.
Lo mejor, no les cuesta un centavo, aunque no es gratis, porque el precio de entrada lo paga con sus datos. Mientras tanto, quienes se esfuerzan por obtener, verificar y presentar la información de calidad que muchas veces se disemina por las redes, abriéndose paso entre lo falso y lo manipulado, son acallados uno por uno mediante la persecución directa o el ostracismo aplicado de manera estratégica.
Eso último, el ostracismo, es una de las herramientas de los insidiosos políticos que saben que deben fingir su inocencia. Ya no es aceptable ser jefe supremo y cerrar diarios, revistas y estaciones en nombre del orden público. Ahora hay que ser un presidente de mano dura o un jefe de Estado en toda regla y encima de todos los poderes, y actuar de forma raposa, detrás de velos administrativos y empresariales o con excusas demagógicas. Un telefonazo al auspiciante, quizá una visita del publicano. El acoso directo de las autoridades. O una campaña de exclusión concertada por un par de funcionarios y asesores.
Esa campaña ha sido defendida, ayer y hoy, con un par de excusas fáciles de desmontar. Para Rafael Correa, era decir que él y su gobierno informaban cada semana a la gente: ruedas de prensa, sabatinas, todo de libre difusión. Claro, y muchas veces de difusión obligatoria también. Siempre que querían lo hacían desde su comodidad, dando y quitando la palabra o dedicándose al monólogo. Y cuando finalmente decidían visitar a la prensa, lo hacían con tono altisonante, dando clases de ética y estilo más que una rendición de cuentas.
Para José Julio Neira, las agendas oficiales de los funcionarios “en territorio” son suficiente como estrategia de comunicación. Tal vez lo sean, pero hay un problema: la gente tiene derecho a escuchar, ver o leer a sus políticos siendo interpelados desde una diversidad de perspectivas, para así poder formar su propia opinión en libertad. La propaganda gubernamental, emitida directamente a través de las entidades públicas o de los medios afines al poder, no es suficiente. Más bien, por sí sola es una afrenta a la inteligencia y la dignidad del país. Se requiere de balance, de tiempo y espacio para todas las tendencias y todas las regiones.
Los miembros del Gobierno (y sus amigos en las otras funciones del Estado) no tienen por qué aceptar cada entrevista o responder todas las preguntas, pero su obligación con el Ecuador entero, con sus adeptos, con los escépticos y también con sus opositores, es dar la cara y no esconderse miedosamente detrás de sus aduladores.