Análisis
Alcaldía de Quito: el vacío detrás del voto fragmentado
Si los partidos no ordenan y los ejes se definen lejos de la ciudad, el votante busca otra brújula. ¿Qué le resuelve el candidato? Y tiene de donde escoger

En noviembre de 2026, los quiteños elegirán a un nuevo alcalde.
Hasta 2014 la capital elegía con baja fragmentación electoral. Desde 2019, alcanzar un promedio del 23 % de los votos válidos ha sido suficiente para llegar a la Alcaldía, y las condiciones de noviembre podrían apuntar a lo mismo.
Paco Moncayo gobernó dos periodos seguidos entre 2000 y 2009; Augusto Barrera llegó en 2009 con el 43 % y Mauricio Rodas ganó en 2014 con el 58 %. En 2019 eso se rompió. Jorge Yunda ganó con el 21,4 % entre 18 candidatos. En 2023 Pabel Muñoz lo hizo con el 25,2 % entre 12 aspirantes.
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Una hipótesis para explicar esa dispersión es que desapareció lo que antes ordenaba el voto. El periodista Fabricio Vela dice que no hay un partido fuerte que represente de manera sólida al quiteño. Recuerda que la Democracia Popular de Rodrigo Paz y Jamil Mahuad, y después la Izquierda Democrática de Moncayo, no solo ganaban elecciones, sino legitimidad. Es posible que estos partidos lograran codificar una idea de ciudad y disciplinaran el voto alrededor de la capital.
Con los partidos se fueron las voces. Vela reconoce nombres como el de Moncayo, César Montúfar, Luisa Maldonado, Roque Sevilla. Lo llamativo no es que esos nombres hayan salido de escena, sino que detrás de ellos quedó un desierto. El politólogo Gustavo Isch lo resume desde el poder afirmando que después de Moncayo, ningún alcalde ha podido recuperar la autoridad.
Los temas que preocupan
Ese vacío dejó espacio para clivajes que no son propiamente quiteños. Vela sostiene que el eje correísmo-anticorreísmo sigue siendo uno de los grandes ordenadores del voto. Ese eje está lejos de apagarse, sobre todo si la coyuntura judicial lo reactiva. La socióloga Alondra Enríquez explica que pese a que en redes sociales hay descontento con el Gobierno central por hospitales, salud y seguridad, los sectores anticorreístas celebran el avance judicial contra el correísmo, a propósito de la deportación de José Serrano y su reclusión en la Cárcel del Encuentro, mientras avanza el caso Magnicidio FV.
Y el correísmo llega a esta elección tensionado también por dentro. En noviembre de 2025, Rafael Correa escribió que se opondría públicamente a “cualquier candidato tibio y con innobles contemporizaciones”, en alusión a la intención de Muñoz de buscar la reelección. Meses después, el alcalde aseguró contar con su respaldo. Ahora, con la Revolución Ciudadana suspendida, Muñoz compite auspiciado por Unidad Popular, un partido históricamente enfrentado con Correa.
Si los partidos no ordenan y los ejes se definen lejos de la ciudad, el votante busca otra brújula. De ahí nace la conducta que Isch llama pragmatismo ante el colapso. El votante se pregunta qué le resuelve el candidato. Y tiene de donde escoger. Los homicidios en el DMQ subieron de 248 en 2024 a 264 en 2025, y la violencia vinculada al crimen organizado pasó de 179 a 204 muertes. El pasaje subirá de 35 a 40 centavos desde enero.
Pichincha está entre las ocho provincias bajo estado de excepción desde el 15 de septiembre. Unos colapsos dependen del Municipio y otros del Estado central, pero todos se votarán el 29 de noviembre.
Los candidatos para Quito
Con eso en mente, la papeleta se entiende mejor preguntando qué voto disputa cada uno. Muñoz defiende, principalmente, el voto correísta duro. En 2019, con Luisa Maldonado como candidata de Fuerza Compromiso Social, ese electorado marcó el 18,4 %, con su mayor peso en el sur y en Calderón.
Yunda disputa ese mismo territorio desde lo personalista. En 2019 obtuvo el 27,6 % en la circunscripción sur y apenas el 16 % en el norte. Harold Burbano compite por el voto oficialista y por la estructura territorial que dejó su paso por el área social. Merino va por la clase media urbana del norte y de los valles, hoy huérfana. Es el electorado que en 2019 llevó a César Montúfar al 24,3 % en el norte, frente al 10,8 % en el sur, y que en 2023 se repartió entre Pedro Freile y Andrés Páez.
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Así, el voto contrario a Muñoz queda repartido entre al menos tres candidaturas que buscan ser su principal retador. La elección puede volver a producir un alcalde con una legitimidad electoral muy reducida porque la oposición al incumbente está fragmentada.
Esa minoría de votos de los últimos años también condiciona el escenario en el que se gobierna después, considerando que esa debilidad de origen tiene consecuencias que la ciudad ya conoce. La primera es que la autoridad se vuelve frágil. Yunda fue removido por el Concejo en 2021, y el interinato de Santiago Guarderas terminó administrando el aluvión de La Gasca, con 28 muertos.
Sin proyecto de ciudad
La segunda tiene que ver con la continuidad, y el metro lo ejemplifica. La primera piedra se puso en marzo de 2013 con Barrera y la operación comercial arrancó el 1 de diciembre de 2023, cinco alcaldes después. Pasaron exactamente 129 meses entre ese primer hito y el viaje inaugural con pasajeros.
El 29 de noviembre se define si alguna de estas candidaturas empieza a reconstruir un proyecto de ciudad con nombre propio, o si Quito vuelve a elegir a un administrador de su propia orfandad.