Una despedida con un pendiente
Ecuador necesita funcionarios con vocación a pesar de la persecución política para, a través del servicio público, consolidar y defender la democracia

Conocí que la mayoría de los funcionarios en la Cancillería y en tantas otras instituciones, es honesta y quiere hacer bien su trabajo.
Era julio de 2022. El “Palacio de Najas” recuperaba la calma después de las protestas violentas encabezadas por Leonidas Iza, que tuvieron al Ecuador en vilo por algunas semanas.
Tomé el ascensor y al llegar a mi oficina un grupo de jóvenes diplomáticos de carrera comentaban y discutían respecto a un artículo del medio digital Primicias, escrito por Felipe Rodríguez, que se titulaba: “Guillermo, quiero ser ministro. Acolite”.
Eran los mismos que meses atrás, junto a los diplomáticos más experimentados, habían trabajado sin descanso para repatriar a más de 700 estudiantes ecuatorianos desde Ucrania, y los primeros en imprimir un cambio de época al usar la inteligencia artificial en la Cancillería, cuando esa tecnología apenas se hacía pública.
Se necesita gente buena en el servicio público
El artículo de Felipe los había impactado. “Es verdad, no vale la pena”, dijo una diplomática brillante a la que le faltaban al menos veinte años para llegar a embajadora. La mayoría coincidía. A mí me apenaba. Discutimos media hora; analizamos casos de amigos, compañeros y exfuncionarios que ellos conocían, a los que les había pasado casi todo el listado de cosas que enumeraba Felipe en su artículo. Luego, ya solo, en ese despacho que a veces genera una burbuja que te aleja de la realidad, escribí al autor para decirle que no estaba de acuerdo con su opinión, pues textos así alejan a la gente buena del servicio público. Cruzamos profundos mensajes y volví a mis obligaciones.
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Siempre quise escribir públicamente sobre el tema. Y en esta, que es mi última columna en este diario, no quiero dejar de hacerlo. ¿Vale la pena el servicio público? Podría pensar que en mí se cumplieron casi todas las profecías de Felipe. He vivido incluso, hace días, un nuevo intento de manchar mi nombre sin el más mínimo sustento. Mi abuela decía: “gajes del oficio”. Es desgastante.
Hemos analizado aquí sobre la depredación política, esa lógica que convierte al adversario en enemigo. La pregunta del servicio público es, en el fondo, el mismo tema. Guillermo O’Donnell advertía que las democracias no siempre mueren de golpe, pues a veces se vacían lentamente. Que no entre gente buena al servicio público, es una forma de vaciarlas.
Valorar a quienes entran al servicio público
El servicio público es necesario. Hay ciudadanos que sí agradecen y colegas que sí valoran lo que hiciste o intentaste hacer. La invitación a esta columna se dio precisamente en ese contexto, pocas horas después de mi renuncia, por lo cual valoré el gesto de su director.
Mi experiencia personal en el servicio público tiene un balance positivo. Conocí que la mayoría de los funcionarios en la Cancillería y en tantas otras instituciones, es honesta y quiere hacer bien su trabajo. Lo testifiqué cada día, y eso da esperanza.
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¿Lo volvería a hacer? Pienso que no. Pero, no obstante, valió la pena. Hoy que precisamente hay muchos jóvenes en la función pública en este cambio de época, o muchos miembros de nuestras fuerzas armadas o policías, o fiscales o jueces, que se juegan a diario por nosotros, es necesario que sepan que el país los valora.
Reitero mi agradecimiento a los directivos de EXPRESO por darme el honor de escribir en sus páginas. Me despido con la seguridad de que todos debemos empujar un solo barco, ante los desafíos globales, especialmente de seguridad, que hoy amenazan la democracia.