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Diario Expreso Ecuador

Venezuela

Los terremotos de 7,2 y 7,5 que devastaron Venezuela dejaron miles de víctimas y han expuesto el colapso de un Estado inútil luego de 25 años de socialismo

Con más de tres mil muertos por sismos en Caracas y La Guaira, Venezuela enfrenta una crisis donde la retórica oficial no puede rescatar sobrevivientes.

Con más de tres mil muertos por sismos en Caracas y La Guaira, Venezuela enfrenta una crisis donde la retórica oficial no puede rescatar sobrevivientes.Archivo Expreso

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Venezuela enfrenta una catástrofe que no admite maquillaje propagandístico. Un país devastado por un cataclismo que muestra la fragilidad de sus estructuras, tanto físicas como institucionales.

El 24 de junio, dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el norte venezolano con apenas segundos de diferencia. Ambos afectaron la zona centro-norte del país y golpearon con particular fuerza a La Guaira, Maracay y Caracas. Las cifras ya superan los tres mil muertos, miles de heridos y decenas de miles de afectados. Es una tragedia natural cuyas consecuencias van más allá de la fuerza de la naturaleza.

Venezuela es un país sin infraestructura confiable, sin hospitales funcionales, sin servicios públicos estables, sin logística, sin capacidad de rescate suficiente y sin instituciones capaces de responder con eficiencia. Es allí donde la tragedia deja de ser únicamente geológica y se convierte en política.

Después de más de 25 años de socialismo del siglo XXI, el país exhibe las consecuencias de un modelo caduco, estatista, centralista y profundamente ineficiente. Un modelo que prometió justicia social y entregó pobreza. Que ofreció soberanía y produjo dependencia. Que habló de poder popular mientras concentró todo el poder en una élite política. Que expropió, controló, reguló, persiguió y finalmente destruyó la capacidad productiva e institucional del país.

Lo que el sismo desnudó en Venezuela

El terremoto ha puesto al desnudo esa verdad. Cuando hacen falta ambulancias, combustible, médicos, maquinaria pesada, telecomunicaciones, agua potable, albergues y coordinación, la retórica revolucionaria no sirve. La consigna no rescata sobrevivientes. El discurso no reconstruye hospitales. La ideología no levanta edificios ni abre carreteras.

El socialismo venezolano construyó un Estado enorme para controlar, pero inútil para servir. Un aparato capaz de vigilar opositores, repartir propaganda y administrar lealtades, pero incapaz de garantizar el bienestar de sus ciudadanos.

Durante años se confundió Estado con gobierno, gobierno con partido y partido con patria. El resultado: instituciones subordinadas, empresas públicas deterioradas, infraestructura abandonada, burocracia obediente y una administración pública más preocupada por cuidar el relato que por resolver problemas reales.

La fuerza de la solidaridad civil frente al vacío estatal

La respuesta oficial ha intentado mostrarse organizada, pero los testimonios de retrasos, hospitales saturados, falta de equipos y rescates asumidos por civiles revelan otra realidad. La primera línea de auxilio no fue el Estado, sino la población civil, los médicos exhaustos, las iglesias, las organizaciones comunitarias, los voluntarios y los familiares de las víctimas.

Esa solidaridad ciudadana merece reconocimiento. Venezuela, aun empobrecida y golpeada, conserva una fuerza social que el régimen no ha podido anular. La gente se ha organizado para donar alimentos, transportar heridos, reunir medicinas, remover escombros y asistir a quienes lo perdieron todo. La diáspora también ha respondido, movilizando recursos desde distintos países.

La naturaleza golpeó con violencia. Pero el daño fue mayor porque Venezuela ya había sido demolida por dentro. Este terremoto sacudió el relato de un modelo que, después de un cuarto de siglo, ya no puede ocultar su fracaso bajo consignas, banderas ni discursos.

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