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Diario Expreso Ecuador

El circo digital

Pero quizá lo más curioso es que, pese a ello, uno eventualmente escribe algo. Tal vez sea porque entre tanto ruido todavía aparecen personas inteligentes

El anonimato y la polarización en redes sociales suelen favorecer dinámicas de agresión e intolerancia que desplazan el debate por el ataque personal.

El anonimato y la polarización en redes sociales suelen favorecer dinámicas de agresión e intolerancia que desplazan el debate por el ataque personal.Imagen generada con IA

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La experiencia de escribir en redes sociales debería estudiarse como fenómeno psicológico y quizá hasta antropológico, pues pocas cosas retratan tanto a una sociedad como ver cómo reacciona alguien cuando tiene un teclado, anonimato y cero consecuencias. Varias redes se convirtieron en una especie de vertedero donde se entra no necesariamente a debatir sino a descargar frustraciones acumuladas, algunas políticas, otras personales y otras derivadas de una infancia complicada o de un internet ilimitado.

Cuando el insulto reemplaza al argumento

¿Se han dado cuenta de que hay patrones que se repiten siempre? Por nombrar algunos: mientras más agresivo es el insulto, peor escrita suele estar la respuesta. Existe una relación casi científica entre furia descontrolada e incapacidad de distinguir ‘hay’, ‘ahí’ o ‘ay’. Y quienes insultan con más violencia rara vez son personas reales, verificadas o con algo que perder. Normalmente son cuentas con nombres como ‘Patriota2026’, una foto de animé, ocho seguidores y una biografía que dice: ‘sin pelos en la lengua’. Esta pseudovalentía digital suele ser directamente proporcional al anonimato.

Otro fenómeno fascinante es la necesidad enfermiza de interpretar todo desde el odio. Uno puede escribir ‘hoy llovió fuerte’ y aparecerán 30 personas explicando por qué la lluvia es culpa de la derecha, la izquierda, el neoliberalismo, el socialismo o los reptilianos. Las redes dejaron de ser lugares de conversación para convertirse en trincheras donde la gente ya no lee para entender sino para detectar al enemigo.

La superioridad moral como espectáculo digital

Y luego están los moralmente superiores, quizá la especie más agotadora de todas. Comentan como si estuvieran redactando los nuevos mandamientos desde el Monte Sinaí, convencidos de que un tuit les otorgó pureza ética absoluta. Nunca matizan y jamás admiten un error, porque en redes reconocer que uno se equivocó parece peor que cometer el error en sí mismo. Pero quizá lo más curioso es que, pese a ello, uno eventualmente escribe algo. Tal vez sea porque entre tanto ruido aún aparecen personas inteligentes, capaces de discutir sin insultar y de disentir sin convertirse en energúmenos, y más quienes con mucha frecuencia publican contenido beneficioso, útil y de calidad. Son minoría, sí, pero hacen que valga la pena soportar el basurero emocional en el que muchas veces se convirtió internet.

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