Los adelantados
Los Premios Nobel reconocen avances científicos, literarios y humanitarios, pero el conocimiento no garantiza por sí solo una sociedad más justa

El Nobel les concede un apellido; integrar su sabiduría en nuestro futuro sigue siendo tarea de todos.
Durante una semana de octubre diez personas recibieron el mismo apellido. El Nobel se les pegó al nombre como se pega un apellido de familia a quien nace en ella, sin que ellos lo pidieran. Nueve tienen setenta años o más. Uno de ellos tiene noventa y cinco años. Medicina, física, química, literatura, economía y paz llegaron cada una por su puerta, y solo el calendario de Estocolmo y de Oslo los dejó formados en una misma fila. El colectivo, hasta ahora, es una fotografía.
El premio los nombra adelantados de algo que todavía no llegó, aunque varios recibieron el reconocimiento con décadas de retraso. Imagino la sociedad cuyas bases podrían estar sentando si dependiera de ellos hacer allí lo que saben hacer. Una donde algunas cegueras empiezan a ceder a la luz, donde señales del universo más lejano llegan hasta nosotros en forma de neutrinos a través de kilómetros de hielo, donde un desequilibrio mínimo en una molécula se amplifica hasta decidir su forma. Donde la justicia cruza fronteras y donde una poeta enseña a leer cada palabra con todas sus acepciones. Sería una sociedad que ve más lejos y cura de otra manera.
La idea de que el saber merece autoridad tiene un linaje largo. Platón puso el conocimiento del bien como condición para gobernar. Bacon, en La nueva Atlántida, imaginó una institución de sabios que no solo investigaba, sino que decidía qué descubrimientos hacer públicos y cuáles reservar. Alfred Nobel dispuso un reconocimiento para quienes hubieran dado el mayor beneficio a la humanidad. Son tres maneras de conceder autoridad al saber, la de gobernar, la de administrar y la de distinguir. Ninguna resuelve por sí misma la pregunta que viene después. ¿Qué hace que una sociedad capaz de descubrir tanto no sea igualmente capaz de hacer de un saber laureado en oro una capacidad de todos? ¿Y quién decide ese tránsito?
La sociedad que tenemos es otra. Es una donde Navi Pillay recibió el Nobel de la Paz y el mismo 9 de octubre las autoridades estadounidenses anunciaron sanciones contra la Corte Penal Internacional, de la que Pillay fue jueza. Donde el trabajo de Woodford llega a los bancos centrales y la poesía de Carson a sus lectores, cada uno por su propio trillo. Es una sociedad que reconoce en público el valor de la ciencia, la justicia y la cultura, y mantiene instituciones que no siempre logran garantizarles continuidad, independencia o acceso.
Cada octubre el premio traza el contorno de una fotografía y de él nace el colectivo, una estructura compleja con un rostro que puede ser admirado y también desacreditado por alguna autoridad. Y quién debe ejercer el poder es una cuestión que viene de lejos. Karl Popper discutió la que planteó Platón y propuso construir instituciones que limiten el poder y corrijan errores, en vez de apostar todo a los mejores para gobernar. La sociedad que imaginé con estos diez saberes tampoco nacería de ponerlos al mando. Requeriría instituciones capaces de hacerles lugar, de escuchar el conocimiento sin obedecerlo ciegamente, de sostenerlo sin exigirle beneficios inmediatos y de compartir sus frutos. El Nobel les concede un apellido. No puede hacer ese trabajo en nuestro lugar.