Astrea
La negociación, como la justicia, empieza cuando dejamos de preguntarnos quién tiene la razón y nos cuestionamos por qué el otro cree tenerla

Lo justo es un ajuste a partir de lo que esperábamos recibir, lo que obtuvo el otro o lo que creemos merecer.
“Lo único que quiero es una solución justa”. Todos hemos escuchado esta frase.
La pronuncia quien enfrenta un juicio, negocia un contrato, discute un divorcio o reclama un derecho. Nadie pide una solución injusta para sí mismo, pocos la piden para el otro.
Y, sin embargo, esa misma convicción suele ser el mayor obstáculo para alcanzar un acuerdo.
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Valeria Alvear
Un mito de hace casi dos mil quinientos años, El anillo de Giges, se preguntaba si un hombre justo seguiría siéndolo si pudiera actuar con absoluta impunidad. No era reflexión sobre el crimen, sino sobre la naturaleza humana: el anillo hacía invisible a su portador y obligaba a preguntarse cuán justos somos cuando no hay consecuencias por no serlo.
Los antiguos imaginaron la justicia como una diosa; Astrea convivió con los hombres durante la Edad de Oro, pero abandonó la Tierra cuando comenzó su corrupción. Ellos entendieron antes que nosotros que la justicia perfecta pertenece más al ideal que a la experiencia cotidiana.
La ilusión de la justicia absoluta en las negociaciones
Milenios después son psicólogos y economistas los que llegan a una conclusión compatible. Kahneman, Arrow, Wilson, Bazerman, Mnookin y otros investigadores reunidos en Stanford en los noventas, analizando conflictos y su negociación, mostraron que no juzgamos lo justo desde un punto de vista absoluto, sino desde un punto de referencia. Lo justo es un ajuste a partir de lo que esperábamos recibir, lo que obtuvo el otro o lo que creemos merecer.
Por eso dos personas inteligentes, honestas y de buena fe pueden sostener posiciones incompatibles sobre lo justo sin que ninguna esté mintiendo. Sin que ninguna erre.
El mayor enemigo de un acuerdo no suele ser la mala fe sino el exceso de certeza sobre las propias ideas.
La negociación, como la justicia, empieza a ser posible cuando dejamos de preguntarnos quién tiene toda la razón y empezamos a preguntarnos por qué alguien razonable puede estar convencido de que la justicia también está de su lado.