De miedos, odios y valentías
María Paz Jervis expuso, a título personal, lo que percibía por su cercanía con los empresarios, pero de lo que pocos hablan: el miedo

Voces como las de Jervis, Osvaldo Hurtado, Henry Cucalón, Gabriela Panchana y tantas otras, deben tener espacio para seguir hablando y opinando.
Hablemos de miedo. María Paz Jervis, ahora expresidenta ejecutiva de la Cámara de Industrias de Pichincha, se atrevió a hablar de un sentimiento tan profundo y manipulador que inquieta a sectores del gremio que representaba. Expuso, a título personal, lo que percibía por su cercanía con los empresarios, pero de lo que pocos hablaban. Ese fue su pecado: nombrar el miedo. Un temor que crece cuando se cuestiona el uso de las instituciones del Estado frente a quienes expresan posiciones incómodas para el poder. Ante esa percepción, no resulta extraño preguntarse si uno será el próximo en recibir la atención del Servicio de Rentas Internas, la Unidad de Análisis Financiero y Económico, la Superintendencia de Compañías o la Fiscalía. Cuando esa duda se instala, el problema es grave: ninguna sociedad que aspire a generar confianza puede permitirse que sus ciudadanos o empresarios teman a sus instituciones. Y así quieren atraer inversión.
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También hablemos de odio. Del que se derramó en redes sociales contra Jervis desde cuentas alineadas con el Gobierno y sectores que confrontaron sus declaraciones. Disentir es saludable en democracia, pero hoy la descalificación se presenta como disenso y la agresión se justifica bajo el paraguas de la libertad de expresión.
El odio del que fue objeto Jervis no debe normalizarse. Decidir con miedo es renunciar a la independencia y actuar desde el odio es retroceder hacia la barbarie.
Voces incómodas contra el autoritarismo
En medio de todo esto, hablemos de valentía. Jervis demostró que expresar lo que se piensa, incluso cuando tiene un costo, es indispensable frente a cualquier tentación autoritaria. La valentía es el antídoto contra el miedo. Quizá otros encuentren en su gesto el coraje para levantar su voz y comprendan que una democracia necesita precisamente eso: voces distintas, incómodas y dispuestas a cuestionar.
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Voces como las de Jervis, Osvaldo Hurtado, Henry Cucalón, Gabriela Panchana y tantas otras, deben tener espacio para seguir hablando y opinando. Solo así se construye democracia, se enfrenta el odio y se derrota al miedo. El día en que una sociedad calle por temor a represalias, el poder no necesitará perseguir a nadie: habrá conseguido que cada ciudadano se convierta en su propio censor. Y cuando el miedo impone el silencio, el autoritarismo ya no necesita tocar la puerta: ya está adentro.