El Gran Inquisidor
Durante mucho tiempo creímos que el mayor enemigo de la libertad era la tiranía. Pero quizás el verdadero peligro radica en nuestro miedo a ser libres

Las sociedades modernas parecen cada vez más dispuestas a delegar decisiones fundamentales en líderes, burócratas, o algoritmos. Queremos protección frente al riesgo y al error.
Fiódor Dostoyevski fue uno de los más grandes novelistas rusos de finales del siglo XIX. En lo que probablemente sea su obra magna, Los hermanos Karamazov, Dostoyevski desarrolla uno de los capítulos más brillantes y perturbadores de la literatura universal: El Gran Inquisidor.
La escena transcurre en la Sevilla de la Inquisición española. Jesucristo regresa a la Tierra silenciosamente y la gente lo reconoce, lo sigue y lo ama. Aparece entonces el Gran Inquisidor, un anciano cardenal que ordena arrestarlo de inmediato. Esa noche, frente a Cristo encarcelado, el Inquisidor pronunciaría un monólogo devastador; el gran error de Jesús -le reprocharía- fue darle libertad al ser humano.
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Según el Inquisidor, los hombres no deseaban realmente ser libres. La libertad implica responsabilidad, incertidumbre, angustia y el peso insoportable de decidir por uno mismo. La mayoría, sostendría el Inquisidor, preferiría entregar voluntariamente su libertad a cambio de algo mucho más cómodo; pan, certezas, seguridad y alguien que les diga qué hacer. Por eso acusa a Cristo de haber rechazado las tres tentaciones de Satanás en el desierto: convertir piedras en pan, gobernar el mundo y someter a los hombres mediante el milagro y la autoridad. Para el Inquisidor, Jesús eligió algo demasiado difícil para la humanidad: la libertad.
El hombre de las sociedades modernas tiene miedo a ser libre
Siglos después, esa advertencia sigue estando incómodamente vigente. Durante mucho tiempo creímos que el mayor enemigo de la libertad era la tiranía. Pero quizás, el verdadero peligro radica en algo más profundo y humano: nuestro miedo a ser libres. Porque la libertad pesa. Obliga a caminar sin garantías, a convivir con el fracaso y a tolerar la incertidumbre.
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Tal vez por eso las sociedades modernas parecen cada vez más dispuestas a delegar decisiones fundamentales en líderes, burócratas, o algoritmos. Queremos protección frente al riesgo y al error. Incluso, queremos protección frente a nuestras propias decisiones. El Leviatán no siempre se impone por la fuerza, muchas veces se construye con ciudadanos agotados del peso de decidir por sí mismos.
La libertad es inseparable de la dignidad humana
Ahí reside la vigencia eterna del Gran Inquisidor. Como el Leviatán, no se pinta como un monstruo sediento de poder, sino como alguien convencido de que está ayudando a la humanidad al liberarla del sufrimiento de ser libre. Y quizás por eso resulta ser tan peligroso. Porque las mayores amenazas contra la libertad rara vez se presentan como tiranía; suelen presentarse como alivio.
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El Gran Inquisidor finalmente condenaría a Jesús a la hoguera como el peor de los herejes. Cristo -después de escucharlo- no respondería con argumentos ni intentaría humillarlo. Simplemente guardaría silencio, se acercaría al anciano y lo besaría. Sin duda un símbolo maravilloso de que el amor de Cristo es incondicional. Pero por sobre todo un gesto silencioso y devastador. Como si Dostoyevski quisiera recordarnos que la libertad -con toda su fragilidad, incertidumbre y dolor- sigue siendo inseparable de la dignidad humana.
Luego del beso de Cristo, el Inquisidor quedaría estremecido y temblando. Finalmente abriría la puerta de la celda para decirle: “¡Vete y no vuelvas nunca más!”. Y dejaría a Cristo perderse por las oscuras callejuelas de Sevilla.
¡Hasta la próxima!