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Diario Expreso Ecuador

El mito del ‘shock de China’

El 'shock de China' no destruyó la industria de EE. UU. La apertura con ese país creó empleos exportadores y la productividad fue lo que redefinió el trabajo

Es engañoso decir que EE.UU. decidió abrir el comercio con China mediante una decisión puntual en 2000-2001. Washington había renovado anualmente el estatus comercial de China desde 1980.

Es engañoso decir que EE.UU. decidió abrir el comercio con China mediante una decisión puntual en 2000-2001. Washington había renovado anualmente el estatus comercial de China desde 1980.Canva

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Hay pocos temas que generen tanto consenso como la idea de que la apertura comercial de Estados Unidos con China provocó una gran pérdida de empleos fabriles y desindustrialización. Demócratas y republicanos, medios, comentaristas e incluso economistas sostienen esta versión. Pero es errónea.

David Autor, David Dorn y Gordon Hanson estimaron que el aumento de la competencia china provocó una pérdida neta de 1,5 millones de empleos fabriles entre 1990 y 2007. En otro estudio, junto con Daron Acemoglu y Brendan Price, elevaron la cifra a 2,4 millones hasta 2011.

Para valorar estas cifras hay que considerar la dinámica general del mercado laboral estadounidense. Entre 2000 y 2007, en un mes cualquiera, más de cinco millones de trabajadores dejaban sus puestos, incluidos unos 425.000 del sector fabril. Además, la competencia de las importaciones es solo una parte de la historia: la globalización también amplió las oportunidades para los exportadores estadounidenses.

Pérdida y generación de empleos

La teoría económica sostiene que la liberalización comercial no debería alterar mucho el empleo agregado, porque los puestos perdidos por las importaciones pueden compensarse con nuevos empleos en sectores exportadores. Robert Feenstra y sus colegas confirmaron que entre 1991 y 2011 las importaciones chinas provocaron la pérdida de 1,9 millones de puestos, pero también mostraron que el crecimiento de las exportaciones creó un número aproximadamente equivalente de empleos.

Tampoco puede atribuirse al ‘shock de China’ la tendencia descendente del empleo fabril. Su participación en el empleo total estadounidense ya caía desde comienzos de los años cincuenta, décadas antes de la entrada de China en la OMC. Ni en 2000 ni en 2001 hubo un cambio evidente de tendencia. Esto respalda la tesis de que la reducción del empleo fabril se debe principalmente al aumento de la productividad, no a la competencia internacional.

También es engañoso decir que EE.UU. decidió abrir el comercio con China mediante una decisión puntual en 2000-2001. Washington había renovado anualmente el estatus comercial de China desde 1980, y el comercio bilateral crecía con fuerza desde mucho antes. La participación china en las importaciones estadounidenses pasó del 2,5 % en 1989 al 8 % en 1999, antes de su ingreso a la OMC.

La lección correcta del 'shock de China?

El crecimiento posterior tampoco fue solo consecuencia de la política estadounidense. Influyeron la eliminación de la incertidumbre sobre la renovación anual del estatus comercial y las reformas promercado de China, incluida la reducción de sus aranceles. Además, el aumento de las importaciones fue resultado de millones de decisiones de consumidores y empresas, no de una élite invisible.

La lección correcta del ‘shock de China’ es otra: para los trabajadores, pasar de sectores y regiones en declive a otros en expansión es más difícil de lo que suponían economistas y gobiernos. Ante la inteligencia artificial generativa, los gobiernos deberían facilitar la movilidad laboral y apoyar los ingresos durante las transiciones. Pero no deberían levantar muros comerciales ni frenar el cambio tecnológico. El dinamismo y el liberalismo económico no son obstáculos para la prosperidad a largo plazo, sino algunos de sus principales motores.

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