La fundita
Una fundita en el bolsillo del presidente bastó para sepultar el debate serio, mostrando que en el país unos segundos de viralidad priman sobre temas esenciales

El presidente daba un mensaje a la nación y buena parte del debate terminó concentrado en una pequeña funda transparente que apareció en su bolsillo.
El presidente daba un mensaje a la nación y buena parte del debate terminó concentrado en una pequeña funda transparente que apareció en su bolsillo.
Tuvo incluso que salir la primera dama a explicar que la tan cacareada fundita eran botones de un terno nuevo. Y listo. El país digital quedó satisfecho.
No importaron demasiado las propuestas, las pausas, los anuncios o la real critica política. La conversación de un gran sector giró hacia el meme fácil y la burla instantánea.
Ya pasó esto con la silla de Lenín, con el bastón de Lasso, con las invenciones sobre la intimidad de Correa y con tantos otros episodios donde la política dejó de debatirse desde las ideas para convertirse en una competencia de humillación pública.
Las redes, especialmente TikTok, parecen haber tiktokizado la política.
Hoy abundan espacios con la única función de vociferar contra la vida privada de las personas, burlarse de su físico, insinuar cosas sobre su sexualidad o atacar a sus familias. Porque, honestamente, no me importa con quién se acueste una persona. Me importa más con qué actitud se levanta para servir al país y responder por sus actos.
La viralidad no puede primar sobre lo fundamental
Nos burlamos del político de la silla, de la altura, del bastón, del físico, de la voz, del gesto o del supuesto pasado. Pero la verdadera altura de una persona no se mide del piso al cuello. La verdadera altura se mide de la cabeza al cielo. Esa es la dimensión con la que deberían juzgarse los seres humanos.
Guayaquil
Fenómeno El Niño en Guayaquil genera "preocupación muy alta" en zonas rurales
Juan Pablo Pérez Tomalá
Incluso en la guerra -donde el ser humano saca lo más brutal de sí mismo- existen ciertos códigos y límites.
Aquí pareciera que no. Todo vale por unos segundos de viralidad.
Y eso termina lesionando al país, acostumbrándolo a revolcarse en el albañal del insulto permanente, para dejar de discutir lo esencial y terminar tomándose nada en serio.