Diario Expreso Ecuador

Los bien nacidos y los mal paridos

La verdadera decencia se demuestra con honestidad, respeto y responsabilidad, mientras que la corrupción y el abuso revelan que la falta de valores

Referencial. Imagen sobre los valores.

Referencial. Imagen sobre los valores.canva

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En el Ecuador se suele medir a las personas por el apellido, el colegio o el barrio. Preguntamos “¿y de qué familia es?”, como si la respuesta revelara la esencia; pero la vida enseña, a veces a golpes, que la cuna no hace a nadie, sino lo hacen sus actos.

Ser bien nacido no tiene nada que ver con haber llegado al mundo entre sábanas de seda. Bien nacido es el hijo del agricultor de la Costa, Sierra, Oriente o Galápagos que madruga para estudiar y vuelve a su pueblo convertido en médico. Es la vendedora del mercado que cría a sus hijos y les enseña a no tomar lo ajeno. Es el profesor rural que camina horas para dar clases sin que nadie le aplauda. Es quien devuelve la billetera encontrada, quien respeta la fila, quien dice la verdad, aunque le cueste. La nobleza verdadera no se hereda, se practica todos los días.

En cambio, ser mal parido es, casi siempre, una elección. Mal parido es el que se roba el dinero de los medicamentos mientras los enfermos esperan en un pasillo; es el que paga coimas y luego da discursos sobre ética; es el que extorsiona al tendero del barrio; el que humilla a quien le sirve; el que le muerde la mano a quien le dio de comer. Mal parido, por ejemplo, es cuando un cliente te pide un criterio, lo haces, le envías la proforma y lo ejecuta con otra persona que le resulte más barata. Ojo, no hace falta haber nacido en la pobreza para serlo, porque abundan los mal paridos con títulos, apellidos ilustres y que se rasgan las vestiduras. Y ser mal parido no distingue estratos sociales.

Durante demasiado tiempo hemos confundido ‘linaje’ con ‘decencia’. Hemos tolerado que el ‘chico/a bien’ atropelle y salga haciendo de las suyas, y hemos mirado con sospecha al humilde que prospera honradamente. Esa doble vara nos ha costado caro, pues ha premiado la viveza criolla y ha castigado la honestidad. Basta mirar la crónica diaria del país para comprobar que los peores daños no siempre vienen de abajo, ya que muchas veces vienen de quienes lo tuvieron todo y aun así quisieron más.

El apellido y el linaje no garantizan decencia

La buena noticia es que nadie está condenado por su origen. Cada día elegimos qué clase de persona queremos ser. Se puede nacer en una casa de caña y morir como un bien nacido; se puede nacer en una mansión y vivir como un mal parido. Lo que nos define no es el lugar donde nos cambiaron el primer pañal. Al final, la vida no pregunta de dónde venimos, sino qué hicimos con lo que recibimos. Y esa respuesta, para bien o para mal, la escribimos nosotros mismos.

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