El poder de la apariencia
La democracia necesita libertad de expresión, periodismo serio y ciudadanos que distingan información de la manipulación y propaganda que hoy abundan en redes

Las redes sociales dieron voz a quienes no la tenían. Pero también dieron lugar a una nueva forma de poder, al proliferar cuentas que aparentan independencia y que responden a intereses particulares.
Cuando niño comenté con Alberto, mi abuelo paterno, una noticia del periódico. Hombre inteligente, fue rector de la Universidad Central en 1934 y distinguido con la Orden Nacional al Mérito en el grado de Comendador. Me respondió con una pregunta lapidaria que nunca olvidaré: “¿Tú aún crees lo que se escribe en ciertos medios?”.
Él no desconfiaba del periodismo; desconfiaba del mal periodismo. No había entonces redes sociales, sino -en ciertos casos- información interesada y verdades a medias. La manipulación no nació con internet, internet la catapultó; cambió la tecnología, no el hombre.
Las redes sociales democratizaron la palabra y dieron voz a quienes no la tenían. Pero también dieron lugar a una nueva forma de poder, al proliferar cuentas que aparentan independencia y que responden a intereses particulares. Tener intereses no es malo; ocultarlos y presentar como información lo construido a conveniencia evadiendo la verdad, sí. Algunas se apoyan en ejércitos digitales y trolls; no informan, buscan instalar una percepción.
Política
Gobierno responde a denuncias de presiones a periodistas: esto dijo
Gabriela Alejandra Echeverria Vásquez
El poder que da influir en la percepción
Influir en la percepción también es poder: Hayek advirtió sobre el poder de la propaganda y del control de la información para moldear las creencias de una sociedad.
Se trata de un poder sin rostro, de apariencias y sin firma de responsabilidad. No importa la bandera: el abuso no cambia de naturaleza según quién lo ejerza. Una acusación repetida parece verdad; una tergiversación hecha tendencia siembra sospechas; una consigna amplificada puede parecer opinión pública o influir sobre ella.
Es un poder sin alma: el daño traspasa la pantalla; así, una condena mediática puede volverse sentencia social antes de la judicial -o incluso sin que llegue a darse ésta-, fulminando la presunción de inocencia. Es una forma perversa de poder que influye e intimida desde la apariencia.
Ecuador
Cuentas oficiales del Gobierno cambian sus perfiles al morado: Presidencia aún no explica el motivo
Redacción Digital
La democracia necesita libertad de expresión, periodismo serio, pero también ciudadanos capaces de distinguir información de manipulación y opinión de propaganda. También necesita transparencia ante operaciones organizadas que ocultan quién las promueve y responsabilidad cuando se vulneran derechos. La libertad de expresión protege el derecho a pensar, disentir y cuestionar; pero utilizarla para tergiversar hechos, fabricar consensos o destruir reputaciones, por más que se haya vuelto ‘normal’, no deja de ser una grave distorsión.
La importancia de aprender a distinguir
Quizá por eso aquella pregunta de mi abuelo me sigue resonando. Hoy la entendería de otra manera: no se trata solo de creer o no, sino de aprender a distinguir.
Política
Gisella Bayona, Daniel Noboa y una campaña digital que reabre el debate sobre libertad de prensa
Martin Pallares
La manipulación puede ser eficaz: influye, confunde y hasta se impone. Pero una silla sostenida sobre apariencias es frágil, más aún cuando los vientos son cambiantes. Cada mentira descubierta, cada manipulación revelada erosiona sus bases. Cuando la apariencia pierde credibilidad, ese poder se desmorona, pese a que el daño está hecho.
Cuántos olvidan que el poder -en su mal ejercicio- embriaga, alimenta la audacia y nubla la conciencia de que es efímero. En El Encuentro estará más de un poderoso del ayer que, entre aplausos y adulaciones se sentó y se creyó dueño de una silla firme; hoy contempla, en soledad y esquelético de aquel poder, su menospreciada silla rota.