Bendito fútbol
En esta época de soledad, de barrios fantasmas, sin más comunidad que la virtual, el Mundial es una catarsis, un refugio momentáneo en este mundo desquiciado

El mundial es, en cuanto manifestación colectiva, lo más humano que sucede cada cuatro años.
En el fútbol el drama, la tertulia, la polémica trascienden el campo de juego y se prolongan por días y hasta décadas, evocando las hazañas en la cancha y reconstruyendo las patrañas fuera de ella, desde Mussolini y el arbitraje obsecuente, el cambalache de antología que resultó en la inverosímil goleada argentina al Perú en el 78 y tantos más asuntos de calibre novelesco o interés forense. Aunque, por razones obvias, la política no debería meter sus narices en las decisiones arbitrales, el respetado presidente chileno, Jorge Alessandri, abogó ante la FIFA, con éxito, para que se reverse una roja que hubiera impedido al célebre Garrincha jugar la final del 62, precedente que Trump ha replicado en favor de Balogun. Pero ni Balogun es Garrincha ni al presidente chileno le tenía bajo lupa la escandalizada parroquia global, dispuesta a rasgarse vestiduras por quítame allá esas pajas.
Copa Mundial de Fútbol
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Carlos Romero
El fenómeno cultural del Mundial
No soy hincha, no me dan ganas de colgarme de un palo o de romper con él la cabeza de nadie si las cosas se tuercen. Observo el juego con interés antropológico, psicológico, atento al baile de la victoria y las lecciones del fracaso, pero sobre todo con fascinación cultural. El mundial es, en cuanto manifestación colectiva, lo más humano que sucede cada cuatro años, lo bueno, lo malo y lo feo, la pasión, el nacionalismo y la violencia, el cosmopolitismo y la civilidad, la tristeza o la alegría llevadas al extremo de las lágrimas o el arrebato infantil. Contrasta la arrogancia de malos vencedores con la grandeza de nobles perdedores; la entereza de quienes asumen sus errores y la cobardía de quienes se esfuman sin dar la cara. Vemos a adversarios abrazarse al final de un encuentro y también a pendencieros expulsados para evitar el zafarrancho.
Entretenimiento
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Es una exhibición variopinta, patente, auténtica, de valores y contravalores. En esta época de soledad, de barrios fantasmas, sin más comunidad que la virtual, de esclavitud digital, de personas que delegan a su avatar la gestión de amigos y trucan un piropo por un emoticón vegetariano por si la acusación de acoso, de comida rápida y precocidos que hicieron de la mesa familiar cosa del pasado, el Mundial es una catarsis, un refugio momentáneo en este mundo desquiciado, una pausa gregaria, una convocatoria a la que se llega sin máscaras, sin filtros, sin más pretensión que la esperanza de un gol y un abrazo tras gritarlo a todo pulmón.