Día de la Hispanidad
El estudio de Cervantes, la generación del 98 y la literatura iberoamericana invita a comprender la historia del encuentro entre dos mundos sin simplificaciones

La literatura española e iberoamericana de esos años de colegio no era memorista.
La generación a la que pertenezco fue educada en los últimos años de secundaria, como se decía entonces, en el estudio de la literatura española y de su historia, desde la aparición de la primera novela que inauguró la Modernidad, Don Quijote, pasando por el Siglo de Oro hasta el entronque con la iberoamericana a finales del siglo XIX, con Rubén Darío y posteriormente con los poetas de la generación del 27, que compartieron con sus homólogos de estas regiones, temáticas destinos y azares.
Para nosotros jóvenes, resultaba asombroso que ante el desastre que significó para España la pérdida de Filipinas y de Cuba en una guerra relámpago con EE.UU., surgiese una generación de escritores que en vez de hacer eco al clima de depresión nacional, reclamase más bien volver a la tradición, entender qué era ser español y proyectarse, como lo hicieron Ortega, Azorín o Unamuno, cada uno desde su perspectiva. Una lección de entereza para tiempos de catástrofes.
La lengua española como fundamento de una identidad compartida
¿Perdimos el tiempo y quizá hubiese sido mejor recibir materias más ‘prácticas’? No lo sé. Lo que sí es cierto es que con esa sintonía que logramos con España, con su literatura y su historia, jamás se nos hubiese ocurrido, más de cinco siglos después, el despropósito de volver declaración oficial una lectura simplista de la historia del encuentro de los dos mundos en 1492, donde solo había culpables y victimas, conquistadores y vencidos, borrando de un plumazo la complejidad de las culturas americanas de la época.
“Sin la lengua española, ni México ni ningún otro país hispanoamericano hubiera podido configurar su nacionalidad”, dijo el escritor mexicano Gonzalo Celorio al recibir el año pasado, del rey de España Felipe VI, el Premio Cervantes en el paraninfo de la universidad de Alcalá de Henares.
Ciertamente, la literatura española e iberoamericana de esos años de colegio no era memorista ni estaba centrada en recordar títulos de las obras ni nombres de autores. Peor a hacer síntesis sacadas de resúmenes.
Aprendíamos más bien gracias a Cervantes la ironía, es decir la capacidad de ver la complejidad de las cosas. Evitar, por ejemplo, “poner al mundo prehispánico como paradigmático, visto hacia atrás y no hacia adelante como si fuera un paraíso perdido”. Se supone que el pensamiento crítico permite no soñar en paraísos perdidos. Ni proclamar leyendas negras o rosas sino asumir la complejidad de nuestra condición. Es saber apreciar el tesoro de una lengua común y de una historia compartida.