Guayaquil necesita prepararse
Mitigar el impacto de El Niño requiere la acción inmediata de las autoridades en la limpieza de canales y decisiones políticas firmes

La acumulación de agua en varios sectores de Guayaquil refleja la vulnerabilidad de la ciudad frente a lluvias intensas
Guayaquil vive bajo una vulnerabilidad climática que no es nueva, pero que cada cierto tiempo amenaza con recordarnos nuestra fragilidad de la peor manera. Las señales están a la vista. Si una lluvia fuerte de apenas un par de horas es capaz de paralizar la ciudad, inundar sus principales avenidas y transformar las calles en ríos intransitables, la pregunta es inevitable y alarmante: ¿Qué pasará cuando nos enfrente un evento climático extraordinario? Imaginar un escenario similar al devastador fenómeno de El Niño registrado entre 1997 y 1998 no es alarmismo, es un ejercicio de memoria necesario.
Es verdad que la ciudad no es la misma de hace tres décadas. Desde entonces, se han construido colectores de aguas lluvias y nuevos canales de drenaje. Sin embargo, la infraestructura por sí sola no salva vidas si no viene acompañada de una gestión constante. La falta de mantenimiento preventivo y la urgente necesidad de encauzar los canales de evacuación son fallas críticas que hoy ponen en riesgo la seguridad de la población. De nada sirve tener la ingeniería si esta se encuentra obstruida o desatendida.
Guayaquil
Urdesa vuelve a inundarse: vecinos culpan a obras y alcantarillas tapadas
Juan Ponce Merchán
Deuda histórica: el dragado del río Guayaquil y sus afluentes
El problema más grave, no obstante, sigue estando en el fondo de nuestro sistema hídrico, literalmente. El dragado del río Guayaquil, de sus afluentes y de los alimentadores que conectan con la cuenca, sigue siendo la gran deuda histórica. Aquí la responsabilidad es compartida, aunque tiene un claro origen: la falta de decisión política de las administraciones locales que, durante años, han postergado obras estructurales por priorizar la coyuntura o el cálculo electoral.
Pero la política no es la única culpable. Existe una corresponsabilidad ciudadana que no podemos seguir ignorando. El hábito de arrojar desperdicios a la vía pública termina por taponar las líneas de desfogue y las alcantarillas, convirtiendo el espacio urbano en una trampa que nosotros mismos cavamos.
Aún hay tiempo. Estamos ante la última ventana de oportunidad para prepararnos y, en alguna medida, atenuar los efectos de lo que se avecina. Mitigar el impacto de El Niño requiere la acción inmediata de las autoridades en la limpieza de canales y decisiones políticas firmes, pero también exige un cambio drástico en la conciencia de los guayaquileños. La naturaleza no negocia, y el reloj sigue corriendo.