¿Sí se puede?
Este lema ya debería quedar superado si se aspira, en el fútbol o en cualquier empresa, a depender menos de milagros y más de estrategia, trabajo y convicción

Pese al milagro de haber ganado contra Alemania, la selección de Ecuador fue eliminada del Mundial 2026 por México.
Desde que hace ya varias fechas mundialistas se acuñó la desafortunada frase que titula estas líneas, la resistí con prevención y me supo a la consigna del perdedor, a una reafirmación labios para afuera que compensa las dudas internas, una jaculatoria para exorcizar los demonios del complejo. Y la muletilla nació precisamente de ese equívoco, no de la confianza asentada en la propia capacidad y su verbalización serena, sino de la constatación inesperada y estridente de un resultado positivo que se pensaba improbable. Es la proclama del escéptico a quien un milagro mueve a la fe transitoriamente. Y como toda fe frágil, asoma con triunfos y se esfuma sin ellos, ensalzando hoy de héroes a los mismos que mañana, con facilidad maniquea, acusa de villanos según el resultado de la jornada.
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Un lema que termina siendo una consigna de perdedor
“Sí se puede” es como decir “sí hay milagros”, y aunque enlaza voces positivas a simple vista, es un grito de auxilio desde el pozo de la patología colectiva. La frase en cuestión no se justificaría si no la precediera, implícita o abierta, la interrogante, la carencia, la difidencia. ¿Alguien se imagina a la hinchada brasileña vociferando por las calles que sí se puede? ¿O a los fanáticos de la Albiceleste, que sueñan con la cuarta, corearla en un estadio? ¿Acaso no resultaría extraño escucharla para darse ánimos a los Azules de le coq Gaulouis o a los de la Roja, herederos de la Cruz de San Andrés? Esos equipos -y las culturas de las que provienen- saben que no hay lugar para la duda sobre la propia capacidad si se quiere vencer. Estados Unidos ha jugado de igual a igual a pesar de su infancia futbolística. La convicción es un estado mental previo e indispensable para la conquista, para emprender la aventura, no una pócima mágica que llega tras la victoria, con la primera o segunda Copa Mundial.
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Hay temple y talento de primera jerarquía en varios jugadores de la Tricolor, sin duda, pero como equipo su apagado brío descubrió la falta de un plan de ataque y estuvo lejos de esa garra de los espartanos batallando en las Termópilas, salvo inconsistentes episodios. Ya explicarán los expertos las causas de este nuevo traspié, pero en lo cultural ya debería quedar superado el “sí se puede” de la banda sonora nacional, si se aspira, en el fútbol o en cualquier empresa, a depender menos de milagros y más de ejecutorias labradas con estrategia, trabajo y convicción.